Ad Astra

Escrito por Horacio Cano Camacho

No se ustedes, pero yo frecuentemente me pregunto si estamos solo en el universo. Mi lado racional me dice que probablemente no, pero de existir vida fuera de la tierra, ésta tendrá características muy diferentes a nosotros o tal vez nunca nos enteraremos… Mi lado más emocional me lleva a pensar que allí afuera hay civilizaciones muy desarrolladas, que ya resolvieron los enormes problemas de contaminación, sobreexplotación de sus recursos naturales y desigualdad, y algún día nos encontraremos y nos enseñarán cómo le hicieron, para nosotros repetirlo aquí, en la tierra. Mi lado pesimista, por su parte, me dice que para fines prácticos estamos solos…

Todos nosotros hemos escuchado sobre visitantes extraterrestres. Naves y hasta seres de otras galaxias que vienen a la tierra y se dan la vuelta, ocultándose siempre a los habitantes de este planeta, para luego regresar a sus lugares de origen en sitios tan remotos que para llegar a nosotros tardaron mucho tiempo. Haciendo una analogía es como si yo volara a París desde la Ciudad de México y luego de 11 horas de vuelo, llegando a mi destino tomara de inmediato el vuelo de retorno ¿entonces para que fui? cualquiera se preguntaría. Para mirar por mí mismo, diría alguien. Pero en ese viaje tan extraño e inútil no vi nada y mirar unos minutos o segundos una cultura, un ambiente, no me da nada de información…

Si a esta conducta extraña a todo viajero le agregamos otras dimensiones, tales como el tiempo y las dificultades técnicas, entonces esas “visitas” resultan del todo incomprensibles para mí…

Ahora imaginaremos un hipotético vuelo interestelar. Pero no es el típico vuelo que sale en las películas de marcianitos simpáticos, tipo Guerra de las Galaxias, en dónde las naves “viajan” a la velocidad de la luz y llegan en minutos a planetas que están a …varios años luz de distancia. La idea es ceñirse a las reglas de la física. Y olvidemos de una vez que hay naves que se muevan por encima de la velocidad de la luz, o que utilizan atajos como agujeros de gusano o los famosos agujeros negros, pues tales recursos no existen fuera de ciertas especulaciones…

¿Cómo sería ese viaje? Cuando escuchamos las historias de los avistamientos en nuestro planeta de supuestos viajes extraterrestres ¿imaginamos las dificultades que éstos entrañan? ¿nos damos cuenta de lo absurdo que una nave sorteando estas dificultades se nos aparezca por unos segundos para luego regresar a su origen? ¿entendemos por qué películas como la saga de la Guerra de las Galaxias no es más que simple fantasía, sin vínculo alguno con la ciencia?

Porque para moverse en el universo no bastan las salidas fáciles. Si una estrella está a 12 años luz y en el muy remoto caso de que pudiésemos movernos a esa velocidad, de todas maneras, tardaríamos 12 años… Pero mantener a una tripulación 12 años no es cualquier cosa, ¿qué tipo de nave puede con esto?

Y si no tenemos posibilidades de acercarnos a la velocidad de la luz y sólo podemos movernos a un 10%, ¿cuáles serían las dimensiones de una nave para soportar la vida de una tripulación durante cientos de años? Por qué 12 años luz de distancia son una enormidad… es decir la distancia recorrida por la luz en 12 años, ¡viajando a 300,000 km por segundo… Uff!

Creo que mi lado pesimista está ganando. Para fines prácticos, decía, estamos solos en el universo. Pero olvidémonos de viajar a otras galaxias. Vamos a movernos por el vecindario: el sistema solar.

En 1977, la NASA lanzó al espacio la Voyager I, una pequeña sonda robótica de apenas 722 kilos. Este artefacto es muy rápido para los estándares de la tierra, se mueve a la asombrosa velocidad de 17 km/s, es decir 61,200 km/h (muy lejos aún de los 300,000 km/s de la luz o 1080 millones de kilómetros por hora). Aun a esa velocidad, en 43 años ha recorrido “apenas” 21.000 millones de kilómetros de la Tierra, encontrándose apenas “a punto” de abandonar la zona de influencia del Sol, la llamada heliosfera. Se calcula que para 2030, la nave se quedará sin energía y continuará viajando en el espacio interestelar…

¿Se imaginan si en esa nave se hubieran trepado humanos? Hace unos días me decía un investigador en rayos cósmicos que requeriríamos un salto tecnológico enorme para lograr viajar con cierta seguridad por nuestro vecindario del sistema solar, soportando la radiación y resolviendo cuestiones básicas para la supervivencia que en la actualidad estamos incapacitados. Para ponerlo en contexto, para llegar a marte a la capacidad técnica actual se requieren 150 días, en los que habría que dar de comer a la tripulación, eliminar desechos, producir gases vitales, agua y claro, la energía requerida para mantener y mover una nave necesariamente mayor que la Voyager.

Pero soñemos un poco…después de todo, la ciencia ficción intenta reflexionar acerca de nuestras posibilidades presentes, aun cuando las disfraza de futuro. Y la película de hoy, lo hace y para mi juicio, muy bien. Se trata de Ad Astra: hacia las estrellas, película de James Gray (USA, 2019).

Ad Astra cuenta la historia del astronauta Roy McBride (representado por Brad Pitt) que es enviado en una misión hasta los confines del Sistema Solar para investigar unos extraños ataques que la Tierra está recibiendo y parecen venir de algún lugar de los planetas exteriores.

El padre de Roy, un astronauta de gran prestigio -el que llegó más lejos-, fue enviado a estos lugares cuando él era apenas un niño, en una misión que buscaba obtener señales de vida inteligente en el universo. La misión fracasó y el padre murió en la misma. O eso es lo que todo mundo cree, pues ahora parece que un enloquecido McBride Sr. (Clifford McBride, representado por Tommy Lee Jones) es quien parece estar detrás de estas agresiones…

La misión de Roy, más allá de sus objetivos técnicos, pretende usar la relación filial para detener una locura que puede conducir a la destrucción de nuestro planeta. Para Roy, sin embargo, es la búsqueda del padre ausente, la comprensión del abandono en aras del “conocimiento” y un ajuste de cuentas con su propio origen.

La película se alimenta de varias historias contadas antes y que plantean el viaje para enfrentar al padre, así sea simbólico, como en el Corazón de las Tinieblas, de Joseph Conrad que nos cuenta el viaje a la oscuridad para encontrar a Kurtz. Andréi Tarkovski lo plasmó en la impresiónate Solaris y Stanislaw Lem hizo lo propio en Retorno de la Estrellas: la búsqueda del padre. En Ad Astra, como en las historias mencionadas, éste resulta frío, racional al extremo o definitivamente enloquecido. Una suerte de ¡no te abandoné, simplemente había objetivos más importantes…!

El padre de Roy McBride está buscando señales de vida inteligente y en ello sacrificó todo: su familia, su comodidad y por supuesto, su propia vida, entonces ¿por qué se vuelve ahora contra nosotros, sus hijos?

Buscar vida fuera de la tierra puede ser la misión más esperanzadora de la humanidad, sin embargo, al menos por ahora, resulta más una cuestión de fe, a pesar de que muchos científicos, modestamente yo mismo, suponemos que la naturaleza de la vida, su composición y las leyes que la gobiernan son realmente sencillas. Por otro lado, el universo es tan vasto, y los ladrillos que nos componen, tan abundantes, que es posible, casi seguro, que exista vida, en alguna forma: ¡qué no estamos solos!

No quiero contar detalles, pero mucho me temo que estamos ante un film muy pesimista, que logra mostrar más nuestra soledad en el universo… porque a pesar de todas las esperanzas, si hay vida en el universo, ¿dónde está?

 

Horacio Cano Camacho, Profesor Investigador del Centro Multidisciplinario de Estudios en Biotecnología y jefe del Departamento de Comunicación de la Ciencia de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.

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