LA CIENCIA EN EL CINE

Proyecto Hail Mary o las amibas llegaron ya…
Horacio Cano Camacho
Por alguna razón extraña —y no del todo afortunada— la novela Proyecto Hail Mary (Nova, 2021), de Andy Weir, llegó a las salas de cine en México bajo el título Proyecto fin del mundo (EE. UU., 2026). Un cambio que, en mi opinión, traiciona el espíritu profundamente optimista del texto original: una historia especulativa deslumbrante que vale la pena comentar, aunque sea brevemente.
Ese ajuste —absurdo, si se me permite— tuvo un efecto curioso: el estreno pasó frente a mí sin que lo notara. Solo cuando mi hijo me explicó de qué trataba, las piezas encajaron y terminamos organizando una excursión familiar al cine.
Conviene hacer una pausa para entender el título. La expresión Hail Mary (Ave María) no tiene, fuera del ámbito religioso, un equivalente directo en español. En Estados Unidos se usa para describir una acción desesperada: ese momento en el que solo un milagro puede salvar la situación. En el fútbol americano, por ejemplo, es ese pase lanzado en los últimos segundos, casi a ciegas, esperando que alguien —en algún lugar— atrape el balón y cambie el destino del partido. Quizá, en México, lo más cercano sería un resignado «que sea lo que Dios quiera». Bajo esa luz, el título local empieza, tal vez, a tener cierto sentido.
Andy Weir, conocido por su ciencia ficción «dura», tiene una virtud rara: investiga con una precisión casi obsesiva, pero escribe con ligereza, con humor fino y con un ritmo que no concede tregua. Sus novelas se leen como se devoran las mejores series: con urgencia. Esa combinación —rigor científico y narrativa adictiva— no solo entretiene, sino que también acerca al lector a la ciencia con una naturalidad poco común. En ese sentido, Weir es, sin duda, un gran divulgador. Y la adaptación cinematográfica, hay que decirlo, no desmerece.
La historia comienza con una escena que descoloca: un hombre despierta en una «cama» desconocida, conectado a sondas, atendido por brazos robóticos que cuelgan del techo. Una voz —metálica, impersonal— le lanza una pregunta absurda: ¿Cuánto son dos y dos? No puede responder al momento, pero luego de un esfuerzo titánico, lo logra. La siguiente pregunta es aún más extraña: ¿Cuál es la raíz cúbica de ocho? Así, entre interrogantes elementales y lagunas mentales, comienza a reconstruir quién es.
Su nombre es Ryland Grace. Es astronauta. Y es, aparentemente, el único sobreviviente de una misión rumbo a Tau Ceti, una estrella a 11.9 años luz de la Tierra.
La razón de ese viaje es inquietante: nuestro planeta está en peligro. Unos misteriosos puntos negros —alineados en lo que se conoce como la línea de Petrova— parecen estar drenando la energía del Sol. Si el fenómeno continúa, provocará una caída global de aproximadamente 15 °C en la temperatura terrestre en apenas tres décadas. El resultado: una catástrofe ambiental de escala planetaria, capaz de colapsar las cadenas tróficas y empujar a la biosfera —y a la civilización humana— al borde del colapso.
Para dimensionarlo: durante la última glaciación, la temperatura descendió entre 4 y 6 °C. Eso bastó para reconfigurar el planeta, provocar extinciones masivas y transformar los ecosistemas. En este contexto, 15 °C no sería una crisis: sería, muy probablemente, el fin de la vida tal como la conocemos.
El origen del problema es aún más perturbador. Esos puntos resultan ser organismos —los llamados astrofagos— que, en muchos aspectos, recuerdan a una amiba: basados en carbono, con ADN, capaces de aprovechar la luz como fuente de energía. Pero con una diferencia radical: sobreviven en la superficie del Sol.
Ante esto, la humanidad organiza el Proyecto Hail Mary: una misión tripulada por tres especialistas que deben encontrar una solución. Pero algo sale mal. Solo Grace despierta y no recuerda nada.
Weir construye aquí un ejercicio notable de realismo científico. No hay atajos fáciles: ni física ignorada, ni héroes que despiertan impecables tras la hibernación. El autor se toma en serio los problemas de energía, la distancia, el tiempo y la fisiología. Incluso, en la especulación —como en el caso de los astrofagos—, se apoya en la biología evolutiva para imaginar formas de vida plausibles, lejos de los habituales extraterrestres antropomorfos que hablan inglés.
Y, sin embargo, no estamos ante un tratado científico. Esa es, precisamente, la belleza del libro: su complejidad está envuelta en una narración accesible, ágil, profundamente entretenida. Aprendemos sin sentir que estamos aprendiendo.
La estructura alterna dos tiempos narrativos: el presente de la nave y el pasado en la Tierra. Este vaivén permite salir de la claustrofobia espacial y comprender, poco a poco, el contexto de la misión, la vida de Grace y el origen de la crisis. Todo ello salpicado de referencias culturales que añaden una capa de complicidad con el lector.
El ritmo es vertiginoso. Capítulos breves, revelaciones constantes, tensión sostenida. Es difícil soltar el libro.
Y hay un elemento más: fue escrito antes de la pandemia de COVID-19, pero anticipa con inquietante claridad los problemas de enfrentar una crisis global en un mundo fragmentado por intereses políticos, económicos e ideológicos. La novela se convierte así en una fábula contemporánea sobre el cambio climático y sobre nuestra incapacidad —o falta de voluntad— para enfrentarlo colectivamente.
Aquí es donde la historia encuentra una resonancia inesperada.
Por los días del estreno de la película murió el filósofo alemán Jürgen Habermas, uno de los grandes pensadores de la comunicación. Habermas defendió una idea simple, pero poderosa: cuando hablamos, no solo intercambiamos información; intentamos entendernos.
Distinguió entre dos formas de lenguaje: la acción instrumental —hablar para convencer, manipular, imponer— y la acción comunicativa —hablar para comprender y construir acuerdos—. Una sociedad democrática, sostenía, solo es posible si predomina esta última.
Proyecto Hail Mary, en el fondo, es eso: una historia sobre la necesidad de entendernos. Sobre la cooperación más allá de intereses, ideologías o identidades. Sobre la urgencia de abandonar la lógica del enfrentamiento cuando lo que está en juego es la supervivencia.
Salvar un planeta —o un ecosistema, o una comunidad— no es tarea de héroes individuales ni de gobiernos aislados. Requiere algo mucho más difícil: diálogo real, colaboración, confianza.
Ryland Grace, empujado por las circunstancias, termina encarnando esa idea… Y tal vez ahí reside el verdadero mensaje.
Estamos ante una historia apasionante, sí, pero también ante una invitación a mirar la ciencia con asombro y, al mismo tiempo, a repensar nuestra manera de convivir en un mundo que, cada vez más, parece necesitar su propia jugada desesperada.
No se la pierdan!
Horacio Cano Camacho, Profesor Investigador del Centro Multidisciplinario de Estudios en Biotecnología de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.
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