Chernóbil

Escrito por Horacio Cano Camacho

Yo estudiaba la carrera de biología en 1986, cuando un 26 de abril se dio la noticia: Una central nuclear, ubicada en el norte de Ucrania, en ese entonces parte de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), había sufrido un accidente. Las noticias eran escasas y muy filtradas a través de los mecanismos de la guerra fría. Las autoridades de la URSS negaban el hecho, como era costrumbre y lo atribuian a la mala fé de occidente. Estos, con Estados Unidos a la cabeza, afirmaban que se había detectado polvo radiactivo a miles de kilométros de sitio y que las fotografias de los satélites espía detectaban un accidente en al menos uno de los reactores del complejo.

Durante algunos días la prensa y la televisión solo atinaban a especular, se hablaba de miles de muertos y cosecuencias debastadoras para todo el mundo. Hasta que la rigidez informativa de la burocrácia soviética fue vencida por las evidencias. Era cierto, el viento arrastraba partículas radiactivas a lugares tan lejanos como Suecia o Alemania.

La URSS aceptó el accidente y atribuyó dos muertes directas a la explosión en uno sólo de los reactores de un complejo de cuatro y afirmaba que la situación estaba controlada, se había ordenado la distribución de yodo a la pobación y se había declarado una zona de exclusión con evacuaciones de residentes, que abarcaba la Ciudad de Prípiat, distante 2 km del reactor, hasta la Ciudad de Chernóbil, distante 18 km. Esta franja pronto fue rebazada, lo mismo que el número de víctimas directas. El número real probablemente no lo sabremos nunca, aunque se habla de 32, este sólo incluye a bomberos y personal de emergencia que trabajó en la contención.

Como fuera, éste es el accidente tecnológico más serio de la historia y un desastre ambiental de magnitud mayúscula. El número de víctimas debido a la contaminación radiactiva seguramente se extenderá a miles y lo hará durante décadas. El efecto ambiental –de entrada muy severo- se está estudiando desde entonces.

Por desgracia, este accidente es un laboratorio vivo para entender los efectos de la radioactividad a corto, mediano y largo plazo en un escenario real y una lección terrible sobre el riesgo de la energía nuclear.

Si bien en términos generales, la energía nuclear es una de las fuentes más seguras, la verdad es que en caso de accidente, las consecuencias pueden ser mayores a cualquier otra alternativa. El de Chernóbil no es el único, ni el primero. Recordemos un accidente previo del reactor número dos de Three Mile Island en Pennsylvania en EUA, que provocó el escape de considerables cantidades de gases radiactivos y la fusión parcial del núcleo del reactor, una condición de gran peligro y que puso a la central al borde de la catástrofe. Se considera que es el tercer accidente más serio de la historia y se le atribuye un incremento de casos de cáncer en la región.

El segundo accidente más serio es también el más reciente, el de Fukushima. Luego de un terremoto de gran magnitud, el 11 de marzo de 2011, en Japón. Pasado el terremoto y como consecuencia de él, se produjo un tsunami con olas de más de 10 metros que inundaron intalaciones críticas de los seis reactores del complejo, provocando la fusión parcial de tres, con fuga de gases radiactivos y descarga de líquidos contaminados directamente al mar. Es el segundo accidente más serio de la historia.

Estos accidentes no han hecho más que reforzar la preocupación (y rechazo) de la población ante el uso de la energía nuclear. Sus defensores y promotores afirman, con números, que es la forma más económica y segura de generar energía electrica. Afirman que la energía nuclear constituye un recurso indispensable en una condición de agotamiento de las fuentes renovables y cambio climático que harán imposible que las fuentes tradicionales satisfagan la demanda global de electricidad.

Para sus detractores, las consecuencias de un accidente como los tres enumerados arriba, son desastrozas. Los riesgos –argumentan- no compensan sus posible ventajas y allí está Chernóbil para recordárnoslo. La energía nuclear, para millones de personas forma parte de su vida cotidiana (más de 400 reactores en actividad por todo el mundo), pero la probabilidad aunque baja, de un accidente, también constituye el argumento para construir historias de terror.

En este sentido, la productora de televisión HBO estrenó su miniserie Chernóbil, que se convirtió rapidamente en un fenómeno televisivo y se confirmó como uno de los grandes exitos de la televisora. Este éxito reafirma la presencia del temor que hemos comentado antes en amplias capas de la población, en particular en quienes no vivieron el evento. Todo presentado 33 años después de la tragedia.

¿Pero el temor a la energía nuclear es suficiente para explicar el éxito de la serie? Los críticos coinciden en que la calidad de la serie, la capacidad de transmitir el clima de terror que vivieron sus protagonistas directos y la poblacion circundante y una producción excelente han estado detrás de la espectacular respuesta del público.

La serie se compone de cinco capitulos, rondando las seis horas de duración. Dirigida por Craig Mazin, con Jared Harris, Stellan Skarsgård, Paul Ritter, Jessie Buckley, Emily Watson, en una coproducción entre HBO (USA) y Sky (Reino Unido).

La serie pretende contar a ritmo de ficción la “verdadera” historia del accidente y rendir un homenaje a los hombres y mujeres que se convirtieron en héroes -a costa de su propia vida- intentando controlar “el infierno” y detener la catástrofe global en que pudo haberse convertido.

En teoría, la serie se inspiró en el libro “Voces de Chernóbil, crónica del futuro” de la escritora biolorrusa, Primio Nobel de Literatura 2015 Svetlana Alexiévich. Y digo en teoría, porque a pesar de que se le pidió autorización y se convino con la escritora, no se le da el crédito en la miniserie de HBO, lo que no deja de darme un sabor muy amargo ante lo inexplicable del “olvido”.

Svetlana Alexiévich dio voz por vez primera a los verdaderos protagonistas de la tragedia, los pobladores de las aldea rurales de Ucrania y en particular, de Bielorrusia donde cayó la mayor cantidad de radiactividad. Resulta por demás terrible que Bielorrusia, país que no posee ninguna central nuclear y es eminentemente agrícola, sea el más afectado. Este territorio tuvo afectaciones por la contaminación en más de dos millones de personas, 700,000 de ellas niños y la tasa de mortalidad ha superado a la natalidad en un 20 por ciento. El 26% de sus bosques se encuentran dentro de las zonas de contaminación radiactiva…

                Para contener la emisiones radiactivas, la URSS construyó un sarcófago de hormigón. Una obra de ingeniería sorprendente, en su mayoría armada con robots y a distancia. Aunque funcionó, se está deteriorando aceleradamente (fue calculada para 30 años) y ya se detectan fugas. En estos días se emprenderá la contruccion de un nuevo contenedor aun más impresionante y con capacidad para 100 años más.

Volvamos a la serie. Chernóbil es una obra de terror, pero a diferencia del género clásico, esta vez no hay monstruos sobrenaturales, ni entidades inmateriales, pesadillas o situaciones que desaparezcan al abrir los ojos o convocando héroes con superpoderes. No, los monstruos de Chernóbil son reales y construidos por nosotros. Son en realidad una obra tecnológica. La obra nos transmite a la perfección la sensación de agobio y de miedo.

El director de Chernóbil ha sorprendido gratamente por la calidad de la serie luego de que su historia fílmica era muy débil y cuestionable entre guiones y direcciones de filmes menores. De manera que realizar lo que ya se considera uno de los grandes filmes de la década resulta interesante por si mismo.

Chernóbil es una serie desgarradora que se centra en particular en el aspecto humano. Científicos, bomberos, militares, limpiadores, hasta los burocrátas y la gente común que vivió y vive aun la tragedia. La historia funciona porque sin duda se inspira en una historia real y apela al temor que tenemos ante una catástrofe, pero también a la emergencia de una conciencia sobre lo que estamos provocando en la naturaleza con muchas de nuestras acciones…

El lenguaje visual es muy poderoso y se basa en el de una película de terror, recurso que resultó de los más acertado. El protagonista central, Valery Legasov (interpretado magistralmente por Jared Harris), el experto nuclear que ayudó a coordinar y enfrentar el desastre y luego presentó un devastador informe sobre las causas del accidente exponiendo a la burocrácia rusa, se suicida en los primeros capítulos de la serie, víctima de la verdad no dicha sobre el evento y la conciencia de los efectos a muy largo tiempo. A partir de allí va desgranando las historias, a cual más dura y compleja.

Ciertamente, en aras de la historia se han modificado ligeramente los sucesos o se han reinterpretado algunos de ellos. Esto no afecta a la propuesta, pero ha generado una serie de controversias entre los que quisieran un documental y no entienden que a pesar de estar basada en hechos reales, funciona como una ficción.

Desde Rusia están llegando protestas e incluso se habla de sacar una versión propia del suceso  “desde el otro lado”. En realidad no importa. Lo interesante es que se recuerda la tragedia, nos obliga a pensar en ella, a no olvidar o conocer lo que sucedió para no volver a cometer los mismos errores. Vale la pena enfrentarnos a la serie y a sus significados…

Los físicos nucleares se encuentran en una carrera muy intensa para mejorar la seguridad de las plantas de energía con vistas a la cada vez más clara crisis energética. Estos esfuerzos pasan por un rediseño de los reactores, el estudio del impacto ambiental de la radiación de baja intensidad y la urgente necesidad de dejar de emitir bióxido de carbono a la atmósfera, un hecho al que pueden contribuir las centrales nucleares.

Por otro lado los accidentes como el de Chernóbil, nos obliga a buscar alternativas a la energía del petróleo y consolidar algunas de las que ya están disponibles, como la solar. De cualquier forma, no es fácil precindir de la energía nuclear y los expertos lo saben…

 

Horacio Cano Camacho, Profesor Investigadordel Centro Multidisciplinario de Estudios en Biotecnología y Jefe del Departamento de Comunicación de la Ciencia de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.

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