Economía del cuidado: Las mujeres en la defensa de la vida

Escrito por Erika Piña Romero y Ana Caren Alvarado González

Fotografía: Yaayé Arellanes Cancino

En confinamiento, la casa es el centro de nuestros trabajos

Los trabajos son actividades que hacemos cotidianamente en lugares y formas diferentes, pero ahora en confinamiento, nuestras casas son el centro de todo, ya que en ellas atendemos responsabilidades tanto laborales como domésticas y de cuidado, estas últimas que además no son remuneradas y por años han sido invisibilizadas y no valoradas por la sociedad. Son estos trabajos los que desarrollamos principalmente las mujeres y que permiten la reproducción de la vida. Hablar de economía del cuidado es visibilizar y problematizar sobre las implicaciones de estas actividades en el sistema económico-social y sus impactos en la vida de las mujeres.

La pandemia por COVID-19 ha develado y agudizado problemas y realidades como desigualdad, violencia de género, precariedad laboral, vulnerabilidad económica y social. Por otro lado, también muestra cómo resolvemos y contribuimos a la reproducción de la vida. Un ejemplo de ello, son las mujeres luchando por garantizar la producción y distribución de los alimentos, así como la conserva y preparación de los mismos, lo cual implica un doble aporte: desde el cuidado y desde una economía pensada para la vida.

 

La importancia del cuidado en nuestras vidas

Es muy común escuchar lo importante que es cuidar la naturaleza, cuidar de nosotros/as, cuidar a los animales, cuidar nuestra salud y un largo etcétera. Es decir, el cuidado forma parte de nuestras vidas, pero ¿qué implicaciones tiene el cuidar?, ¿por qué es importante para la sociedad y para la economía?

Sin los cuidados que realizamos las mujeres, en imposible pensar en la reproducción de la vida. Para que las personas puedan salir de casa y trabajar asalariadamente, es necesario que «alguien» se quede en casa a cargo de labores domésticas, las cuales puedan garantizar higiene, limpieza y salud para quienes habitan la casa, ese «alguien» somos mujeres. Si un miembro de la familia enferma, generalmente quien atenderá y cuidará a esa persona es una mujer. Así podríamos seguir con los muchos cuidados que realizamos día a día, lo importante es visibilizarlo y entender que estos cuidados que se realizan en el hogar, sostienen al sistema económico y son causa de desigualdad.

El trabajo de cuidado es poco valorado en la sociedad porque se asume que son tareas que se realizan en el ámbito privado-doméstico y no producen valor para el mercado, sin embargo, garantizan la supervivencia de la fuerza de trabajo y así la continuidad del sistema económico capitalista.

Fotografía: Yaayé Arellanes Cancino 

¿Qué es la economía del cuidado?

La economía está comúnmente asociada al estudio de las formas en cómo resolvemos nuestras necesidades y distribuimos los recursos. La economía del cuidado aborda además de lo anterior, las actividades y prácticas para el sostenimiento de la vida haciendo énfasis en la importancia económica que tienen, así como en la forma de organización social de los trabajos entre mujeres y hombres. En ese sentido, el trabajo de cuidado está asociado a la reproducción de la fuerza de trabajo y con ello, a la reproducción de la vida.

Algunas economistas señalan que, eso que llaman cuidar por amor, en realidad es trabajo no remunerado que subsidia al Estado y al mercado, permitiendo la reproducción del sistema económico y la acumulación de capital.

 

Mujeres en tiempo de COVID

La crisis por Covid-19 ha revelado la excesiva carga de trabajo de las mujeres asociada a los cuidados, pero también comienza a visibilizar y sensibilizar sobre la importancia de los cuidados para sostener la vida. El sistema económico capitalista y patriarcal, se ha construido y soportado sobre las mujeres y hoy, ante una pandemia sin precedentes, se exacerba la explotación en el confinamiento.

Para 2018, algunas instituciones internacionales sostenían que las mujeres mexicanas destinamos 32.5 horas semanales más que los hombres a las labores domésticas y de cuidados. El valor de lo anterior podría representar alrededor del 15 % de la producción anual de nuestro país; los que destacan en cuanto a mayor participación son: cuidados y apoyo 7.5 %, alimentación 4.5 % y limpieza y mantenimiento de vivienda 4.4 %. Para tener un referente, el rubro de alimentación (provisión, conserva, preparación) aporta más a la economía del país que el sector agrícola en un año. Las horas de trabajo de cuidado no remuneradas se convierten en un subsidio para las economías.

Por otra parte, en esta pandemia, las horas dedicadas a trabajos reproductivos se maximizaron y con ello la imposibilidad de generar espacios y tiempos para actividades remuneradas, de recreación, ocio y autocuidado. Además, se han incrementado las violencias física, psicológica y sexual hacia las mujeres y niñas dentro de los hogares.

 

Mujeres, redes agroalimentarias y cuidado de la vida

Como se ha enunciado, las responsabilidades domésticas y reproductivas se asocian como actividades natural y propias de las mujeres, siendo esto un sesgo de género en la cultura. Desde el feminismos se plantea que todas aquellas actividades relacionadas con el desarrollo de la vida forman parte de lo que se denomina ética del cuidado, es decir, la limpieza del hogar, el cuidado de las personas (niñas, niños, adolescentes, personas mayores, personas enfermas), la producción, transformación, distribución y consumo de alimentos sanos, los cuales mantienen además, una estrecha relación con la ética y la justicia social.

Históricamente, los cuidados han estado asociados al ejercicio de la maternidad dejando de lado su carácter social, ambiental, económico y político. Por ello, es necesario pensar el cuidado de la vida como una relación entre la naturaleza, el trabajo, la creatividad y la cocina.  México es un país diverso en paisajes, climas, especies vegetales y animales que ha permitido el desarrollo y continuidad de una cultura alimenticia milenaria de honda raíz indígena. Por siglos han sido las mujeres quienes han cultivado la tierra, han acumulado saberes gastronómicos y una cultura alimentaria que ha sido transmitida hasta nuestros días.

Sin embargo, en las últimas décadas los sistemas de producción de alimentos industrializados promueven un mayor consumo de alimentos con bajo nivel nutrimental, lo cual ha modificado las dietas de la población mexicana, tanto en áreas urbanas como rurales, poniendo en riesgo la herencia en la elaboración de la cocina tradicional, así como la autosuficiencia alimentaria. Por lo anterior, enfermedades como la hipertensión, obesidad y diabetes son provocadas por la deficiente alimentación, además la actual pandemia sanitaria por Covid-19, ha afectado de manera severa y letal a quienes las padecen.

Las mujeres están haciendo frente desde sus territorios y con sus propios medios a través de la conformación de redes alimentarias que se presentan en forma de trueque, como el que se desarrolla en la zona lacustre de Pátzcuaro, Michoacán, con mercados orgánicos y cooperativas de consumo. Intercambian: especias, frutas, verduras, legumbres y leguminosas, así como productos transformados como lácteos y sus derivados, conservas, pan, tortillas, entre otros. La mayoría de las mujeres que participan en esta redes agroalimentarias son productoras y consumidoras directas, son mujeres preocupadas por el medio ambiente y la vida.

Por lo anterior, tenemos que pensar en la íntima relación que hay entre la agricultura y el cuidado de la vida, la ecología, el feminismo y la sustentabilidad. Es indispensable e inaplazable la generación de redes de producción y consumo de alimentos saludables a diferentes escalas. Pero también, es inaplazable ejercer presión sobre nuestros gobiernos para que garanticen la soberanía alimentaria del pueblo mexicano mediante la preservación de la biodiversidad, la conservación de las milpas, la autonomía de las culturas alimentarias locales, la generación de condiciones de vida digna, así como estrategias de política pública con enfoque de género para la reorganización y socialización del trabajo de cuidado.

 Fotografía: Yaayé Arellanes Cancino

A modo de reflexión

En el contexto del confinamiento, el uso del tiempo en trabajos productivos y reproductivos, como el de cuidado, así como el aporte que las mujeres hacemos desde diferentes espacios será mayor, como también lo será la vulnerabilidad, el agotamiento (físico, mental, emocional) y la pobreza a la que estaremos expuestas. Visibilizar el incremento del trabajo en momentos de crisis debe dar cuenta de los desafíos en el camino hacia la igualdad y la justicia. En crisis económicas el sistema se apoya y reproduce, en mayor medida, en los cuerpos cansados de las mujeres y pone al desnudo las prácticas más privadas e íntimas de nuestra sociedad. Así pues, las mujeres estamos en la primera línea de defensa de la vida.

Para Saber Más: 

Castañeda-Salgado M.P. y Espinosa-Damián G. (2014). Género, seguridad alimentaria y cambio climático. Cambio climático, miradas de género (pp. 189-228). Ciudad de México: UNAM-PNUD. https://www.puma.unam.mx/pdf/publicaciones/generoycc.pdf

 

Federici S. (2010). Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Maadrid: Editorial Traficantes de Sueños.

https://www.traficantes.net/sites/default/files/pdfs/Caliban%20y%20la%20bruja-TdS.pdf

 

Rodríguez-Enríquez C. (2015). Economía feminista y economía del cuidado. Aportes conceptuales para el estudio de la desigualdad. Nueva Sociedad, 256, 30-44.   https://nuso.org/media/articles/downloads/4102_1.pdf

 

Erika Piña Romero es Profesora-Investigadora de la Facultad de Economía de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.

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Ana Caren Alvarado González, es Maestra del programa de Maestría en Ciencias en Desarrollo Local, en la Facultad de Economía, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

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