Las comunidades purépechas: Soberanía alimentaria ante el COVID-19

Escrito por Gabriela Arias Hernández y José Efrén Morales Jiménez

Al principio mis papás estaban espantados porque no podrían ir a Pátzcuaro a vender las ollas, pero me acordé mucho de las clases de agroecología. Les dije: «miren, nosotros no tenemos de qué preocuparnos, nosotros tenemos cerros, parcelas, puercos, gallinas […] preocupados los de la ciudad, nosotros tenemos frijol, maíz». Hay cosas positivas, maestra: la gente que no sembraba ahora está sembrando porque no sabemos hasta cuándo dure esto. La gente baja nopal del cerro, estamos en la época del pescado, son como conocimientos que ahora nos damos mucha cuenta, andan preparando las tierritas […] estamos bien, maestra.

Rubén Guillén, comunidad de Tzintzuntzan.

Si algo caracteriza a Michoacán son sus riquezas naturales y las culturas originarias que le dan identidad, particularmente la cultura purépecha, en donde hombres, mujeres, jóvenes e infantes mantienen vinculada su vida cotidiana con el bosque. Ese bosque, que además de madera les brinda hongos comestibles, plantas medicinales como el nurite y el toronjil, la leña —indispensable para el 90 % de los hogares—, la resina, entre muchos recursos más. No obstante, lo que más destaca es la identidad, ya que aún persisten los códigos de vida compartidos entre el bosque templado de pino-encino y la población local, un proceso difícil en el que siguen bailando una danza, en ocasiones de placer y en otras de guerra y destrucción, pero sobre todo, cuando la madera se vuelve la única posibilidad de obtener dinero relativamente fácil y rápido.

Hoy en día continúan con la recolecta cotidiana de catorce tipos de recursos forestales no maderables (RFNM) en la comunidad de San Francisco Pichátaro: leña, resina, hongos comestibles, plantas medicinales, frutos silvestres comestibles —tejocote y capulín—, tierra de monte, panales, fauna silvestre, arbustos, hoja de pino, manantiales, musgos —de piedra, de suelo y de corteza de árboles—, raíz —pajonal— y maguey. De estos, son aprovechados con mayor frecuencia la leña, la resina, los hongos comestibles y las plantas medicinales.

Las comunidades de la Meseta Purépecha también han aportado al mundo la domesticación de quince razas de maíz, destacando la raza Mushito de Michoacán, un conjunto de poblaciones de maíz de las regiones serranas.

Los valiosos maíces locales —amarillo, rojo, blanco y azul—, comparten el espacio de la parcela —dos hectáreas por familia en promedio— con el haba, la calabaza, el frijol y con esas plantas no invitadas que resuelven la alimentación en los meses de lluvias: los quelites o uits’akuat’irekuecha —‘plantas tiernas que se comen’—.

En la meseta Purépecha existen al menos siete especies de quelite: el quelite cenizo (Chenopodium berlandieri), el quintonil (Amaranthus hybridus), la mostaza (Brassica campestris), el berro (Porophyllum ruderale), la lengua de vaca (Rumex obtusifolius) y el rabanillo (Raphanus raphanistrum), de los cuales las personas tienen un amplio conocimiento de sus aspectos biológico y ecológico, como lo comenta en su tesis María de la Luz Santos, egresada de la Universidad Intercultural Indígena de Michoacán.

San Isidro Labrador, 15 de mayo. San Francisco Pichátaro, Michoacán. Fotografía: Gabriela Arias.

La relación de las comunidades humanas con estas plantas implica tolerancia (dejándolas crecer y no aplicando agrotóxicos para su eliminación), fomento y protección en las zonas de cultivo. Sin embargo, a la par de esta realidad, en la actualidad y derivado de una política agrícola nacional e internacional desastrosa e inequitativa, existe en la región un fenómeno que llamamos neocolonización agrícola, proceso que despoja a las familias y comunidades de la decisión de qué, cómo y cuándo sembrar, particularmente con la incursión de empresarios agrícolas que rentan la tierra local para la siembra de frutillas, aguacate o papa con base en el modelo de agricultura industrial.

Joven en la fiesta de San Isidro Labrador, 15 de mayo. San Francisco Pichátaro, Michoacán. Fotografía: Gabriela Arias.

Enfrentando al COVID-19

Ante ello, y con el impacto de la pandemia actual ocasionada por COVID-19, es visible que nuevamente las comunidades generan, como en la época de la colonia, procesos de resiliencia socioecológica, entendida como la capacidad de amortiguar el cambio, aprender y desarrollarse.

La resiliencia ante procesos de contingencia está sustentada en diversas estrategias, tales como:

 

  • Resguardar la semilla que representa la información genética que ha cambiado con el tiempo guiada por las manos que la siembran.

 

  • Resguardar y transmitir el conocimiento práctico y abstracto de las estrategias de uso del suelo, los estiércoles y las diversas formas de trabajo en la parcela, el traspatio y el bosque.

 

  • Las articulaciones sociales y económicas que no dependen del recurso monetario como el truque, el mano-vuelta (acción de reciprocidad en el trabajo de la parcela) y la participación comunitaria en la resolución de conflictos.

Así, hemos encontrado que para sobreponerse a situaciones que colocan en una condición de vulnerabilidad a las comunidades, ya sea la colonización, la neo colonización agrícola o el COVID-19, hay dos elementos determinantes: la cultura vivencial de la alimentación y la memoria del paladar. Ambas, en esencia, son la transmisión del conocimiento que sigue vigente en los niños y las niñas, quienes inician el acompañamiento a las parcelas desde que nacen; a los cinco años se acercan torpemente a las actividades; y, a los siete participan de forma más activa y acompañan a la recolecta de resina, leña y hongos, dan agua a los animales y los pastorean.

A partir de los quince años pueden tomar algunas decisiones sobre la parcela, distinguen la época de siembra, la distribución de los maíces por colores; siempre predomina el blanco, pues se usa para las tortillas y es el más vendido, pero el rojo (llamado localmente guarote), es el que se usa para el pozole y tienen siempre un espacio, muchas veces en el traspatio de forma más cercana a la familia.

Todo ello no sería posible sin la vida comunitaria, esa que se disfruta en las fiestas, que se acompaña en el mano-vuelta o en el funeral, y que regula las relaciones sociales. Ahora con los «consejos comunitarios», hay una ferviente reflexión sobre el quehacer de la producción agrícola, han recuperado tierras con movilización política como es el caso de la comunidad de Santo Tomás, enclavada en los once pueblos, con una población de dos mil habitantes, quienes en 2019 lograron expulsar a la empresa Agrícola Superior, dedicada a las frutillas con procesos de producción industrial, explotando sus recursos como el agua y la tierra, pero también a los seres humanos —jornaleros sin derechos sociales y con alto uso de agrotóxicos sin protección—.

Los comuneros poco a poco regresan a recuperar sus parcelas, han sembrado nuevamente su maíz, su calabaza, pues en tiempos de COVID-19, el cerro, el bosque, la parcela y el traspatio son la respuesta.

 

 

Para Saber Más: 

Arias G. (2020). «El desencuentro entre la papa y el maíz». Investigación en Ciencia y Humanidades. Cienhum.

https://cienhum.chapingo.edu.mx/author/gabriela-arias-hernandez-y-cindy-morales-maximo/ 

CONABIO. (2020). «Grupo cónico. Razas de las partes altas del centro de México».

https://www.biodiversidad.gob.mx/diversidad/alimentos/maices/razas/grupo-conico 

Del Valle Isla, A. E. (2014). «Al mal tiempo, buena resiliencia». Ciencias, 4:11(111-112).

https://www.revistacienciasunam.com/es/161-revistas/revista-ciencias-111-112/1395-al-mal-tiempo,-buena-resilencia.html

Quiroz F. (2015). Valoración comunitaria sobre los recursos forestales no maderables (RFNM), en la comunidad de San Francisco Pichátaro, Michoacán. Tesis de Licenciatura. Universidad Intercultural Indígena de Michoacán. Michoacán, México. NO TIENE ENLACE 

Santos M. L. (2014). Etnoecología, etnobotánica y aspectos ecológicos de plantas útiles de la comunidad Purépecha San Juan Carapan, Michoacán. Tesis de Licenciatura. Universidad Intercultural Indígena de Michoacán. Michoacán, México.

 

M.C. Gabriela Arias Hernández, Profesora-Investigadora de la Universidad Intercultural Indígena de Michoacán.

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Lic. José Efrén Morales Jiménez, Egresado de la Universidad Intercultural Indígena de Michoacán.

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