¿Por qué los niños dejan de jugar?

Escrito por Margarita Vega Vázquez y Ana María Méndez Puga

Cuando observamos un niño triste, que ha dejado de jugar, pensamos en la rapidez con la que dejará de experimentar esta emoción y volverá a saltar la cuerda o correr tras sus compañeros de juego. En general, se asume que un niño no alcanza a sentir tristeza con la intensidad de los adultos, que no es capaz de experimentar un dolor emocional suficientemente fuerte para eso. Sin embargo, en los últimos años la Psicología ha reportado casos a partir de los cuales se concluye que, si bien no tienen mucha experiencia de vida, los niños sí pueden padecer una tristeza lo suficientemente intensa y prolongada como para convertirse en depresión.

La depresión es uno de los problemas más comunes en el área de la salud mental a nivel mundial que afecta tanto a hombres como mujeres. Recientemente se ha reconocido que no sólo afecta a adolescentes y adultos, sino que también puede ser un padecimiento en los niños. Cuando la tristeza llega a presentarse por un largo tiempo y de manera intensa puede llegar incluso a traer repercusiones negativas en la vida cotidiana de los niños, esto puede observarse cuando el niño cambia notablemente la forma en que se relaciona tanto con los miembros de la familia como con sus amigos o compañeros de escuela, e incluso cuando baja de calificaciones, ya sea de manera repentina o paulatina.

Es difícil identificar si un niño está sufriendo depresión porque los síntomas son diferentes a los de los adultos, además de que pueden confundirse con los cambios que ellos presentan por su edad o con síntomas de otros trastornos como la ansiedad o el TDAH (Trastorno de déficit de atención con hiperactividad). Los síntomas suelen notarse más en el comportamiento, debido a que los niños se expresan más a través de lo que hacen, esto debido a que tienen una menor capacidad de comunicar lo que sienten en una conversación, en comparación con los adultos.

 

Los niveles de la depresión

La depresión tiene distintos niveles (leve, moderada o grave) de acuerdo al tiempo de duración y a qué tanto influye en las actividades y relaciones cotidianas del niño. Para poder diagnosticar a un niño con depresión, éste debe manifestar síntomas durante la mayor parte del día, casi a diario, durante al menos dos semanas seguidas.

Algunos de los síntomas son: pérdida o reducción del apetito, aumento o disminución de peso, falta o exceso de sueño, falta de energía, sentimientos de culpa y menosprecio a sí mismo, dificultad para pensar, concentrarse o tomar decisiones, y, en ocasiones, pensamientos recurrentes de muerte o planes suicidas. Algunos niños manifiestan molestias o dolores físicos en lugar de tristeza, y otros pueden mostrarse muy irritables. Cuando los niños están cerca de la adolescencia pueden mostrarse, más que desanimados, irritables o inestables. Inclusive pueden alejarse o aislarse de los familiares y de sus amigos o compañeros.

Asimismo, algunos niños que están pasando por un periodo de depresión, hablan poco o tienen un tono de voz muy bajo, lo cual hace difícil escuchar lo que dicen. También pueden parecer un poco lentos en sus movimientos. Aunado a ello, estos niños podrían mostrarse sorprendenmente desinteresados o apáticos en actividades que eran importantes para ellos, porque otro de los síntomas es que pierden el gusto o interés por las cosas o actividades que anteriormente se disfrutaban.

 

¿Qué la causa?

La Psicología comenzó a estudiar este fenómeno en niños y niñas que mostraban una tristeza persistente, con algunos síntomas parecidos a los de la depresión en adultos. No obstante, se ha llegado a la conclusión de que los niños, debido a su edad, manifiestan más síntomas conductuales y menos expresiones verbales que permitan diagnosticar el padecimiento, esto es, demuestran más la problemática a través de su comportamiento que por medio de conversaciones.

Cada niño es distinto, por lo tanto, las cosas que causen la depresión en uno pueden ser distintas de las que causen depresión en otro. A pesar de esas diferencias, se han identificado como posibles causas: el padecimiento de depresión en los padres o algún familiar directo, la muerte de una persona significativa para el niño o niña, los problemas con familiares cercanos al niño, el pertenecer a una familia muy numerosa, el maltrato, la falta de atención, así como la forma en que el niño interpreta lo que le sucede (por ejemplo, tiende a ser negativo y pesimista, a culparse a sí mismo de los sucesos negativos).

 

¿Qué tratamientos existen?

Debido a que existen diferencias importantes en los niños, así como en las posibles causas de la depresión, el tratamiento que se le brinde a cada uno será diferente, sin embargo, cuando se observen señales de alerta es importante que sea atendido por un psicólogo o psiquiatra, y en casos más severos por ambos especialistas.

Los estudios actuales se dirigen hacia el diseño de nuevas y mejores estrategias de intervención para el tratamiento de este padecimiento. Sin embargo, las terapias que hasta ahora han mostrado mayor efectividad son la cognitivo-conductual, la interpersonal y la familiar. Existen casos en los que los niños requieren de medicamento al mismo tiempo que acuden a terapia psicológica, sin embargo, es una decisión que deben tomar el médico en conjunto con el psicólogo con el que esté siendo atendido, todo ello a partir del interés y apoyo de los padres de familia. Como se ha insistido, cada niño es distinto y, en caso de estar deprimido, el tratamiento habrá de adecuarse a las necesidades propias del niño o niña en cuestión.

Independientemente del tratamiento que se elija, un elemento crucial para la mejora y el mantenimiento de la salud mental del niño o niña es la disposición y participación activa de los padres. Se ha demostrado en diversos estudios que los estilos de crianza tienen una relación muy cercana con el desarrollo de los niños, por lo que es posible que se deban hacer algunas modificaciones al respecto, pero siempre con la intención de mejorar la salud mental del niño o niña, así como de desarrollar habilidades en los padres que les permitan ejercer una mejor crianza.

Adicionalmente al tratamiento con terapia psicológica o con medicamento, es importante favorecer el que los niños y niñas realicen actividades deportivas y recreativas que les gusten mucho, las cuales además de generar respuestas bioquímicas que se asocian con la sensación de bienestar (al incrementar las endorfinas en su organismo), pueden favorecer el cambio en la percepción del medio en que se desarrolla. Al mismo tiempo, este tipo de actividades favorecen la convivencia con otras personas de su edad y se facilita el fortalecimiento de lazos de amistad, permitiéndoles el desarrollo de nuevas formas de percibirse a sí mismos y a las personas que les rodean.

«Si usted cree que su hijo (a) o familiar directo presenta síntomas depresivos, no dude en consultar la opinión de un experto, éste le indicará si es o no depresión, así como si requiere o no tratamiento, y de qué tipo. En caso de que lo sea, mientras más pronto se atienda será más sencillo de abordar y resolver. Los costos del tratamiento variarán en función del terapeuta, el tipo de tratamiento y el tiempo del mismo, y estos son elementos que se aclaran generalmente una vez hecho el diagnóstico»

 

Caraballo-Folgado, A. (2015). Depresión infantil. Aprende a identificarla. Guiainfantil. https://www.guiainfantil.com/salud/cuidadosespeciales/depresioninfantil.htm

Cyrulnik, B. (2014). Cuando un niño se da muerte. Barcelona: Ed. Gedisa, 144p.

Royo-Moya, J. y Fernández-Echeverría, N. (2017). Depresión y suicidio en la infancia y adolescencia, Pediatría Integral, XXI (2), 116.e1–116.e6.  http://www.codajic.org/sites/www.codajic.org/files/Depresi%C3%B3n%20y%20suicidio%20%20en%20la%20infancia%20y%20adolescencia%20.pdf

Vega-Vázquez, M. (2016). Relación entre la  depresión  infantil  y  la  percepción  de  las  relaciones  intrafamiliares, Investigación  y  práctica  en  Psicología  del  Desarrollo, 2: 53-66. http://revistas.psico-ags.net/index.php/ippd/article/view/69

 

Margarita Vega Vázquez, Estudiante del Doctorado Interinstitucional en Psicología en la Universidad de Guadalajara, Maestra en Psicología por la UMSNH. Investigadora en temas relacionados con el suicidio en la infancia y adolescencia. Ha participado en diferentes congresos como ponente y publicado artículos en torno a la muerte, el suicidio, las emociones y la resiliencia. Es terapeuta particular con formación en terapias contextuales para el abordaje de trastornos del estado de ánimo, conductas de riesgo suicida y duelo complicado. Miembro de la Asociación de Suicidología de Latinoamérica y el Caribe.

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Ana María Méndez Puga, Profesora e investigadora de la Facultad de Psicología de la UMSNH. Investiga en temas relacionados con la infancia, los docentes y las personas jóvenes y adultas en contextos de pobreza y exclusión, el aprendizaje de la lengua escrita, la interculturalidad y migración. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores Nivel I y de la Academia Mexicana de Ciencias. Trabaja con poblaciones jornaleras agrícolas migrantes analizando sus condiciones de vida que posibilitan o no el acceso al derecho a la educación y desarrollando propuestas educativas pertinentes a esos contextos, con una mirada intercultural y con enfoque de derechos.

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