La Ciencia en el Cine

El perfume

Escrito por Horacio Cano Camacho

Hoy compré un perfume. Me costó un poco de trabajo orientarme en el mundo de aromas, tipos, marcas. De entrada, habérmelas con las denominaciones: agua de tocador, agua de colonia, agua de perfume, loción para después de algo…

En realidad parece que se trata de denominaciones registradas comercialmente y que su diferencia es un asunto de concentración de las esencias y la proporción del fijador. Un perfume presenta una dilución de alrededor de 25 gramos de la mezcla de esencias, diluidas en 100 mililitros de alcohol al 96% por lo que suele ser más caro para el consumidor y dura más su fijación en la piel.

A partir de esta solución se van preparando otras muestras más diluidas. Agua de perfume, agua de tocador, agua de colonia, y más… y luego tenemos preparaciones aún más bajas en concentraciones reducidas de fijador para crear las “fragancias”. El asunto es que hay un mundo de posibilidades en los perfumes. Luego vienen las combinaciones de esencias.

Terminé escogiendo un perfume, o más precisamente una agua de perfume (…) muy fresca, singular. Resultó una mezcla de bergamota, sándalo, vetiver, vainilla y cedrón… Interesante.

La bergamota o Citrus bergamia es una planta que produce un fruto parecido a una pera con piel de limón. Es originaria de Italia y su piel se utiliza para crear el aceite esencial más usado en la perfumería de todo el mundo. La composisión del aceite es muy compleja, podemos encontrar canfeno, pineno, mirceno, limoneno, terpineno, linalol, geraniol, entre otros. Esto lo hace muy buscado en la industria.

Santalum album o sándalo es un árbol originario de la India. De su madera, luego de más de treita años de vida, se obtiene un aceite volátil muy aromático y de composición compleja. Podemos encontrar los terpenoides santeno, teresantol, borneol, santalona y tri-ciclo-ekasantalal, entre otros.

El vetiver o Chrysopogon zizanioides es una graminea de la India y de sus raíces se destila un aceite esencial del tipo sesquiterpenoide llamado vetivenol. La vainilla (Vanilla planifolia) es una orquídea originaria de México. De su vaina se extrae el monoterpeno vainillina resposable de su olor característico. Finalmente, la citronela, hierva del limón o cedrón (Cymbopogon winterianus) es una planta originaria de México y centroamerica que se usa como fuente de los monoterpenos geraniol, citronelal y citronelo, responsables de su aroma.

El mundo de las esencias siempre ha fascinado a la humanidad. Desde tiempos inmemoriales las diferentes culturas humanas le han asignado a esta capacidad vegetal poderes mágicos, misticos o de control de otros humanos.

En terminos generales, las esencias o perfumes pertenecen a un grupo muy amplio de sustancias producidas por las plantas, el famoso metabolismo secundario. A través de esta serie de reacciones muy complejas se producen miles de compuestos con funciones aleloquímicas, es decir, tienen efectos para proteger a las plantas del ataque de pátogenos, parásitos, y hervívoros. También son atrayentes de otros organismos que le sirven a la planta, tales como polinizadores, fijadores de nutrientes y controladores biológicos de plagas. Otros incluso, pueden repeler la competencia de otras plantas.

Muchos de estos metabolitos son percibidos por nosotros como aromas. Los principales de estos son los llamados aceites esenciales que pertenecen al grupo químico de los isoprenoides o terpenoides de los cuales se conocen cerca de 250,000. Estos suelen ser volátiles y tienen la capacidad de evocar en nosotros recuerdos de espacio, tiempo y objetos.

El pineno “huele a pino”, el limoneno “huele a limón o citrícos”, el canfor “huele a alcanfor”… Nosotros le asignamos una figura o imagen al aroma. Cuando nuestras células olfativas (entre 20 y 30 millones) perciben el compuesto volátil o una mezcla específica, se generan señales que van al cerebro y desencadenan reacciones de respuesta. Si nosotros percibimos un olor, digamos del pineno, nuestro cerebro busca obsesivamente hasta establecer en que condición o qué le recuerda ese olor y entonces lo asocia con una figura: bosque.

La capacidad de recordar los olores se llama memoria olfativa y esta, por fortuna, puede ser entrenada. Si nosotros nos ponemos a oler todo, con atención y sistemáticamente, y luego lo relacionamos con “algo”, podemos ir creando esta memoria o “base de datos”. Asi funciona la “nariz”, un equipo de esencias purificadas y que representan una gama amplia de aromas identificados en algunos productos, por ejemplo, en el vino. La “nariz” nos permite ir creando esta memoria a fuerza de ir reconociendo y asociando los aromas contenidos en el equipo. Luego lo vamos practicando con el vino, diferentes cepas, diferentes mezclas, diferentes origenes, etc.

Esta amplisima introducción es para contextualizar la serie que ahora les recomiendo. Se trata de “El Perfume”, presentada por Netflix, ese sistema de televisión a la carta... Si bien se llama igual que el libro más famoso del escritor alemán Patrick Süskind (El perfume: historia de un asesino, 2011 Seix Barral ISBN 9788432251146) es una obra diferente, de alguna manera vinculada, pero no una versión de esta.

En la novela y la película del mismo nombre y (esta si) adaptación cinematrográfica del libro (Tom Tykwer, 2006, Francia), se narra la historia de Jean Baptiste Grenouille, un niño nacido en condiciones muy duras de pobreza y abandono en el París del siglo XVIII. Jean Baptiste ha conseguido sobrevivir a un mundo muy hostil, gracias a una extraña carcaterística: un olfato extraordinariamente desarrollado que le permite identificar, recordar y asociar cualquier cantidad de aromas, lo que lo lleva a trabajar con un maestro perfumista que le enseña las artes de purificar, sintetizar y combinar cualquier esencia, lo cual transformará y trastocará su vida y la de los que lo rodean en una trama de pasiones, obsesiones y crimen…

En nuestra serie, un thriller aleman (Philipp Kadelbach, 2018), el libro de Süskind solo sirve de pretexto e inspiración. Tras encontrar a una cantante asesinada con las glándulas odoríferas extirpadas, un dueto de detectives investigan a un grupo de amigos que asistió al mismo internado que ella.

La historia se desarrolla en una pequeña población alemana del Bajo Rin. El caso se lo asignan a la detective Nadja Simon (Friederike Bencht) y su colega Matthias Köhler (Jürgen Maurer). No pretendo contarla, pero el hilo conductor de los amigos parece ser un extraña obsesión por los aromas y el libro de El perfume. Como en la novela, la creación de la memoria olfativa deriva en una obsesión por encontrar la esencia de todo aquello que vale la pena conservar… la pasión puede despertar valores, lealtades, pero la obsesión destruye.

El asunto es que la Serie de Netflix, dividida en seis episodios, gira en torno al mundo de los olores, recuperando la idea de que controlando el aroma, el olor, se controla la esencia de las cosas y se puede manipular a los demás. Todos tenemos la idea de que el olor juega un papel muy importante en nuestro vínculo con los demás y pensamos que controlando ese “olor” podríamos atraer (o repeler) a los otros a nuestra voluntad. A fin de cuentas queremos oler bien, para sentirnos bien y para dar una “buena impresión” a los demás. Por ello buscamos y nos afanamos con los perfumes y derivados.

Podemos entender que las plantas usen una gran cantidad de energía y materiales en producir sustancias que les vinculen con el entorno. Una planta debe hacer frente a diferentes interacciones y condiciones ambientales en el sitio donde germinó la semilla que le dio origen. No puede irse a otro lado. Y esas miles y miles de sustancias, que nosotros identificamos con olores, tienen esa función. Algunas de ellas incluso están estructuralmente o químicamente relacionadas con otras producidas por los animales.

Aceptamos que la comunicación química también es fundamental en las interacciones de los animales entre ellos y con su entorno (allí estan las feromonas en insectos, los olores “sexuales” en mamíferos), pero es muy diferente que podamos usarlas para manipular la voluntad de otros. En realidad no se conocen feromonas en humanos y mucho menos esa suerte de “elixir erótico” que los comerciantes pretenden vendernos aprovechando nuestra ilusión por el control. Hay algunas sustancias candidatas a ser consideradas feromonas humanas, como la androstenediona y el estratetraenol presente en los testículos, semen, sudor, pero estas “candidatas” estan muy lejos de comportarse como en El perfume y para nada se realacionan con las esencias vegetales.

La razón tien que ver con que los aromas venidos de las plantas tienen una reacción diferente para cada uno de nosotros y seguramente las extraídas de nosotros mismos (si es que algún día se logra) también…

Todos los humanos tenemos una nube formada de bacterias y que cada uno de nosotros diferimos en ella, es decir, es personal y nos marca como una huella digital. Todos los humanos portamos comunidades de microorganismos dentro y fuera de nuestros cuerpos: en el tracto digestivo, el tracto respiratorio, en los genitales, la piel, el cabello. Esta microbiota es muy abundante. Es difícil estimar cuantos bichos nos habitan, pero podemos decir que son millones y millones. Nuestro genoma o cantidad total de ADN en cada célula se compone de alrededor de tres mil millones de las piezas que lo forman, mientras que el genoma de la microbiota en conjunto, es cien veces mayor (la estimación es muy controvertida aun). Tenemos cerca de 20,000 genes que determinan lo que somos, mientras nuestros pasajeros tienen alrededor de 400,000.

Enfoquémonos en los organismos que nos envuelven para descubrir que la situación es más compleja que simplemente vivir en nuestra piel. Las bacterias asociadas a los humanos forman una especie de nube que va desde la superficie de la piel, hasta una suerte de aerosol que nos envuelve. Esta nube la vamos dispersando a nuestro alrededor por contacto directo con otros o como un aerosol que emite partículas desde nuestra piel, cabello, el aliento o la ropa. En espacios cerrados como una habitación se encuentra una mezcla de polvo con células muertas de nuestra piel y partículas bacterianas de todos los que pasamos por allí (no es sólo aire…).

Es tal la complejidad de estas comunidades que una persona que se siente en una silla, “dejará” su huella, incluso podremos identificar la parte del cuerpo que tocó el asiento.

No hay todavía una explicación completa de la función de esta nube, pero todo indica que tienen un papel en la biología humana. Por lo pronto podemos identificar las comunidades bacterianas en el bioaerosol en espacios cerrados como una habitación. Si nos mudamos a una habitación nueva, bastan unos pocos días, para que se puedan identificar bacterias especificas que despedimos al aire. Como si fuésemos creando o construyendo un hábitat y una atmosfera particular, al grado de que podríamos identificar, mediante un análisis de aire, que persona ha estado allí…

Al parecer, este fenómeno está realmente involucrado en la interacción con otros humanos. Cada nube es propia, decíamos anteriormente, como si cada uno de nosotros portara la suya y con las otras nubes se definieran nuestras interacciones con los demás.

De manera que la relación de los olores y los efectos variaran de persona a persona de una manera aun no conocida. De hecho, un perfume no huele igual en dos personas distintas ni tampoco en el papelito de muestra que nos dan en las perfumerías. Nuestra bacterias particulares transformaran ineludiblemente lo que nos pongamos hasta dar su marca propia, que no siempre es lo que esperábamos.

Son muchas las preguntas que me surgen y seguramente a ustedes también: ¿están los bioaerosoles involucrados en el establecimiento de las relaciones de pareja? Si nosotros, por un mecanismo aun desconocido, tal vez el olfato, pudiéramos identificar la nube del otro u otra y si son, de alguna manera compatibles, entonces se activarían los mecanismos bioquímicos de empatía.

¿Esta nube está involucrada en la identificación de potenciales inmunológicos en el otro (otra), de tal manera que lo que se selecciona para reproducirse no es el físico sino este potencial para heredar a la descendencia? Esto implicaría que la función de este aerosol bacteriano es la selección del mejor reproductor…

Por lo pronto sabemos que el olfato es determinante en la formación de parejas y en la empatía con los demás. Piénselo, en ocasiones no sabemos conscientemente por que esa chica nos atrae tan poderosamente o por que nos cae mal una persona que no nos ha hecho nada.

Son muchas preguntas las que me surgieron viendo El Perfume, tanto en su versión libro, como la película o la nueva serie que reinterpreta la historia original. Véala, pasará un buen rato con una producción vertiginosa, sombría, donde el olor y los aromas son mortales en un thriller oscuro, con un ritmo lento e inquietante.

 

Horacio Cano Camacho, Profesor Investigador del Centro Multidisciplinario de Estudios en Biotecnología y Jefe del Departamento de Comunicación de la Ciencia de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.

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