Miedo Animal, ¿determinante de supervivencia?

Escrito por Mariano Avendaño-Díaz

La serie de televisión “Eso: el payaso asesino” estrenada en 1990, donde aparecen un grupo de pequeños dentro de las alcantarillas peleando por su vida contra Pennywise (Eso), generó que muchos niños presentaran conductas relacionadas con el miedo al ver a cualquier payaso. Inclusive llegando a desarrollar “coulrofobia”, es decir, miedo a los payasos; siendo probablemente una tortura para los niños durante las fiestas de cumpleaños. Tal parece que no todo quedó en esa época ya que hasta hace algunos pocos años, personas disfrazadas de dichos personajes, con máscaras de muy pocos amigos, revivieron tales miedos pues aterrorizaban a personas en países como Canadá, Estados Unidos, España, México y Reino Unido.

Lo determinante de nuestro miedo

El cómo actuamos ante este tipo de situaciones es determinado por el miedo, una emoción que consiste en un estado transitorio que genera cambios fisiológicos dentro de nuestro organismo y que desencadena conductas cuyo propósito es aumentar nuestras probabilidades de supervivencia. Esta emoción -considerada dentro de las siete emociones básicas del ser humano dado que se presenta sin importar la cultura, edad o el género- surge únicamente ante estímulos que suponen una amenaza potencial. 

¿Los animales sienten miedo?

El miedo no es exclusivo del ser humano, ya que otras especies animales también lo presentan: desde invertebrados como las libélulas y cucarachas hasta vertebrados como peces, gorriones, roedores y conejos; incluso los grandes depredadores como los guepardos, los coyotes y los leones poseen esta emoción.

El miedo en los animales se ha estudiado en cautiverio y vida silvestre. Los trabajos realizados en cautiverio, particularmente llevados a cabo con ratas de laboratorio, han permitido conocer y comprender las estructuras neuroanatómicas, entre ellas la amígdala de la cual hablaremos más adelante, y los procesos fisiológicos relacionados con esta emoción.

Por otro lado, los estudios en vida libre realizados con especies silvestres, entre ellos mamíferos, reptiles e insectos, han ampliado el conocimiento acerca de las relaciones interespecíficas (entre especies), particularmente en la interacción depredador-presa. De hecho, esto último ha derivado en algunas hipótesis como la ecología del miedo y el paisaje del miedo, los cuales comparar la actividad espacial y temporal de la presa con respecto a la del depredador y a su vez cómo dicha interacción se relaciona con el ambiente. 

Depredador y presa, interacción forjada bajo el miedo

La presencia de un depredador tiende a generar cambios en el comportamiento de sus presas, los cuales no son más que una serie de conductas desarrolladas por estas últimas cuyo fin es evitar ser devorados. Las conductas más comunes son la disminución de los tiempos de alimentación y el aumento en los tiempos de vigilancia. Asimismo, también pueden existir diferencias en los horarios de actividad -segregación temporal- así como la preferencia o rechazo por determinados sitios, los cuales se relacionan con la protección que éstos les puedan otorgar y la actividad del depredador -segregación espacial-.

Algunas especies como la liebre de cola negra (Lepus californicus) y el conejo del desierto (Sylvilagus audobonii) tienden a estar más tiempo en sitios con menor actividad de su depredador, el coyote (Canis latrans); por otro lado, algunas libélulas disminuyen la frecuencia de su alimentación en estanques que albergan al lucio europeo (Esox lucio), un pez que se distribuye en la península ibérica.

Otras conductas que también se presentan son la huida y la pelea. La primera busca alejarse del depredador ya sea trepando árboles, escondiéndose en madrigueras o simplemente siendo más rápido, como es el caso de la gacela frente al guepardo. La segunda se relaciona con movimientos agresivos, es decir, enfrentándose al depredador. Algunos zorrillos tienden a repeler a zorros por medio de la expulsión de líquido a través de sus glándulas anales, mientras que el lagarto cornudo (Phrynosoma orbiculare) puede lanzar chorros de sangre por los ojos como una conducta antidepredatoria.

Este conjunto de conductas, como se mencionó anteriormente, aumentan las probabilidades de supervivencia del individuo. Sin embargo, generan costos relacionados con la calidad de la alimentación, la utilización de sitios no tan adecuados o con cierto nivel de perturbación, además de un mayor gasto de energía al incrementar las distancias recorridas a fin de evitar al depredador.

Aprendiendo a sobrevivir

De forma sorpresiva del total de encuentros entre depredadores y presas solo el 20% son exitosos, es decir, culminan con la muerte del individuo; el 80% restante la presa tiende a salir con vida o en algunos casos con heridas. Estas oportunidades de supervivencia proveen de información a la presa acerca del lugar y momento en que se dio el encuentro, la cual es utilizada para crear cambios en su conducta a fin de mantenerse viva. A este proceso se le conoce como aprendizaje, y junto con la evolución, son mecanismos relacionados con la adaptación de los individuos a su entorno.

 

Miedo y aprendizaje como estrategia de supervivencia

Es así que el continuo aprendizaje permite que los individuos sean capaces de evadir al depredador, entre ellas a través de señales olfativas como los rastros dejados por el mismo o por señales auditivas como el aullido de un lobo; por otro lado, también son capaces de distribuir su tiempo en cuanto a la alimentación y vigilancia, identificar los sitios más peligrosos, así como conocer los horarios más adecuados para realizar sus actividades. Esto ocurre de manera similar en nuestra vida diaria, suponiendo que, si fuésemos víctimas de un robo, muy probablemente no volvamos a frecuentar el mismo sitio, o al menos en el mismo horario, debido a que aprendimos a evitar el lugar y más aún si pretendemos pasar por ahí en horas no tan adecuadas.

Todo esto es posible gracias a la amígdala, estructura anatómica localizada en el lóbulo temporal del cerebro e implicada en las emociones, entre ellas el miedo. La amígdala, cuyo significado es “almendra”, es la encargada de asignar si un estímulo (aquello que percibimos a través de nuestros sentidos, llámese tocar determinado material, ver un animal, escuchar la sirena de una ambulancia, etc.) es agradable o no y por lo tanto desencadenar una serie de respuestas enfocadas para cada uno.

Cuando un estímulo no es agradable, en este caso la liebre al avistar al coyote, la amígdala activará otras regiones del cerebro encargadas de la toma de decisiones, así como la liberación de sustancias, entre ellas hormonas como la adrenalina y corticosterona (cortisol en humanos) encargadas de maximizar las respuestas. De este modo la huida es posible debido al aumento del ritmo cardiaco y a la provisión de requerimientos necesarios.

El aprendizaje del miedo ha permitido a los individuos sobrevivir a su entorno por miles de años a través de la continua modificación de su conducta, desarrollando así lo que llamamos experiencia, la cual permite desplegar las estrategias de afrontamiento más adecuadas al momento. Asimismo, dicha experiencia dota de la capacidad para identificar en su entorno las características que más le favorecen como son la presencia de árboles para ser utilizados como vías de escape, la disponibilidad de madrigueras, sitios abiertos o cerrados, entre otro.

El miedo ha permitido que la interacción depredador-presa se convierta en una carrera armamentista donde la fuerza no es la principal herramienta, sino el aprendizaje del miedo sea el que la forje.

 

Saber más:

 

 

Laundré, J.W., Hernández L. y Altendorf K.B. (2001). Wolves, elk, and bison: reestablishing the “landscape of fear” in Yellowstone National Park, USA. Canadian Journal of Zoology 79(8):1401-1409. https://www.researchgate.net/publication/242528304_Wolves_elk_and_bison_reestablishing_the_landscape_of_fear_in_Yellowstone_National_Park_USA

López-Vidal J.C. (2014). El paisaje del miedo, historia y desarrollo. Conferencia: XXI Simposio sobre Fauna Silvestre, Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia, Universidad Nacional Autónoma de México, México. https://www.researchgate.net/publication/272820519_El_Paisaje_del_Miedo_Historia_y_Desarrollo

Martín J. (2002). Comportamiento bajo riesgo de depredación: optimización de las decisiones de escape en lacértidos. Revista Española de Herpetología 71-78. https://www.researchgate.net/publication/234026556_Comportamiento_bajo_riesgo_de_depredacion_optimizacion_de_las_decisiones_de_escape_en_lacertidos

Sánchez-Ramírez, J.D. y Uribe-Velásquez L.F. (2009). Aspectos neurobiológicos implicados en el miedo animal. Biosalud 8(1), 189-213. http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1657-95502009000100021

Mariano Avendaño-Díaz. Instituto de Neuroetología, Universidad Veracruzana, estudiante del posgrado Maestría en Neuroetología. Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

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