Retorno de conquistadores: Crónicas de extintos caballos mexicanos del Pleistoceno

Escrito por Alejandro H. Marín-Leyva y Daniela Trujillo Hassan

Las crónicas alguna vez escritas por viajeros y exploradores desde el año 1492 hasta el año 1600, cuentan la sorprendente historia del encuentro de dos mundos que aparentemente nunca se habían cruzado. Los primeros rastros de dicho encuentro quedaron marcados en las huellas que los conquistadores y sus caballos dejaron sobre la arena de las playas del Nuevo Mundo. Sin embargo, más allá de ser los primeros pasos de estas dos criaturas sobre este territorio inexplorado, las impresiones de esas herraduras y zapatos no fueron más que los vestigios de una visita a viejos conocidos ya olvidados.

Los grupos indígenas de la región no eran los animales antropomorfos que los españoles pensaron, eran humanos de su misma especie que quizás alguna vez habían atravesado el mundo desde África hasta América a través de una porción congelada de mar llamada el estrecho de Bering. Fue por ese gélido cuerpo de agua por donde tiempo atrás los primeros équidos, de origen americano, llegaron hasta el Viejo Mundo, donde los incorporaron y domesticaron eficientemente para acompañar, transportar y cargar babilonios, guerreros semitas, militares o caballeros europeos y conquistadores españoles, y que luego introdujeron domesticados en América.

Tan importante fue la asociación entre los españoles y los equinos, que los escribas indígenas representaron los caminos recorridos por los extranjeros a través de huellas de pies y herraduras. En los textos que contienen la visión indígena sobre la conquista, es posible reconocer cómo los caballos fueron percibidos por los aborígenes como enemigos y conquistadores. En el Códice Florentino, el Lienzo de Tlaxcala y Quauhquechollan, los tlaxcaltecas y los mexicas relataron escenas como el ahogamiento de los caballos de los conquistadores en la Noche Triste o la ofrenda en el Tzompantli, en la cual se brindaron a los dioses mexicas las cabezas de tlaxcaltecas, tezcocanos, chalcas, xochimilcas, españoles y caballos, quienes eran reconocidos como enemigos.

Este tipo de archivos han fomentado la idea generalizada de que los primeros caballos en América fueron aquellos que llegaron durante las expediciones de Cristóbal Colón. Sin embargo, estudios paleontológicos sobre la forma y geometría de algunos huesos de extremidades encontrados en áreas como La Cinta-Portalitos, La Piedad-Santa Ana (localizadas entre Michoacán y Guanajuato) y Cedral (situada en San Luis Potosí), han respaldado la presencia de tres especies de caballos: E. cedralensis, E. convsersiden y E. mexicanus entre los 240,000 y 11,000 años Antes del Presente, los cuales se diferenciaban entre sí por la forma de sus dientes, tamaño, proporción de sus extremidades y su masa corporal, y que reflejan parte de las relaciones que tuvieron con su entorno conforme a sus adaptaciones a los pequeños y diversos hábitats en que vivieron.

«Fusión de dos culturas» de Jorge González Camarena. Patrimonio de la nación o dominio público.

El Equus cedralensis, se caracterizó por ser pequeño con extremidades gráciles, huesos alargados y poca masa corporal, apropiado para ambientes abiertos o de montaña, condiciones secas y suelos compactados. Se alimentaba con una dieta abrasiva y plantas de tipo C4 (conocidas como pastos y herbáceas), particularmente accesibles para un animal de su tamaño, ya que estas se obtienen de los forrajes que crecen cerca al suelo de las zonas abiertas.

Por su parte, el Equus conversidens, era de talla media, extremidades robustas y mediana masa corporal, apropiado para suelos compactos no montañosos o sueltos, pastizales o bosques abiertos y condiciones tanto secas como húmedas. A pesar de la variedad de ambientes y alimentos a los que podía acceder, se alimentaba casi de la misma manera que el Equus cedralensis, es decir, con una dieta abrasiva, pastos y herbáceas.

Finalmente, el Equus mexicanus, era de talla grande, extremidades robustas y gran masa corporal. Pudo haber vivido cerca de suelos compactados o sueltos, ambientes abiertos y cerrados, condiciones húmedas como pastizales y zonas de humedales o nevadas. Se alimentaba con una dieta abrasiva, pero a diferencia de las otras dos especies, consumió tanto pastos y herbáceas (de tipo C4) como árboles y arbustos (de tipo C3). Lo que tiene sentido, puesto que el tamaño de sus extremidades le podía permitir comer desde las plantas en pastizales hasta los árboles de los bosques.

Lo que resulta interesante tras conocer las características y adaptaciones físicas de estos caballos y de las áreas en que habitaron, es la posibilidad de comprender la forma en que se movieron y alimentaron en la región a lo largo de sus vidas, para lo cual se realizaron tres tipos de análisis. El primero de ellos, llamado mesodesgaste, se utilizó para observar las alteraciones del esmalte dental entre los dientes con el objetivo de conocer el tipo de alimentos que consumieron durante la mayor parte de su vida. El segundo, llamado microdesgaste, resultó útil para conocer las micro marcas de abrasión que dejan los alimentos al final de la vida. El tercero, llamado análisis isotópico, se enfocó en un primer momento en la variación de los átomos de oxígeno y carbono que hacen parte del esmalte dental, a fin de conocer la dieta que tuvieron los caballos cuando se formaron los dientes, reflejando el tipo de alimentación de cada etapa de la vida del individuo hasta cumplir los tres o cuatro años de edad.

Estos estudios permitieron reconocer que estos animales pudieron haber tenido dos posibles estilos de alimentación que dependían de las áreas en que vivieron a lo largo de sus vidas. El primero, refería a La Cinta-Portalitos, un lugar con hábitats y ambientes diferentes como bosques en las áreas más altas, pastizales o sabanas en áreas bajas abiertas y humedales cerca de un lago, donde los caballos accedieron a sus recursos. Lo cual desembocó en una incorporación de dietas heterogéneas producto de las oscilaciones de las estaciones climáticas y el hábitat mixto. De este modo, las características físicas ya enunciadas de los tres caballos y la disponibilidad de los recursos, permitieron que el E. mexicanus consumiera tanto árboles y arbustos, como pastos y herbáceas y que E. conversidens y E. cedralensis consumieran plantas C4 de pastizales o sabanas.

El segundo, se identificó en La Piedad-Santa Ana, la cual consistió en un ambiente seco y un ecosistema estacional, con escenarios más abiertos, una mayor diversidad y abundancia de pastos y vegetación leñosa, como arbustos y árboles, y mayor consumo de abrasivos no orgánicos como pueden ser arenilla y polvo, lo cual explica por qué las tres especies de caballos tuvieron una dieta de pacedores compuesta principalmente por plantas de tipo C4.

A pesar de que pudieran identificarse diferencias en las dietas de las tres especies, las cuales reflejan un comportamiento más variado por parte del E. mexicanus, seguido de E. cedralensis y E. conversidens, los estudios revelan que tenían un comportamiento alimenticio que podía variar dependiendo de aquello que estuviera disponible en el medio ambiente. Naturalmente, cabe preguntarse si la densidad o cantidad de cada especie de caballo en las tres áreas enunciadas, pudo depender de las tendencias o adaptaciones alimentarias expuestas inicialmente.

Teniendo en cuenta que la dieta de estos animales dependía particularmente de los recursos disponibles en el hábitat o espacio, se realizaron los análisis relacionados con su movilidad, los cuales indicaron que en La Cinta-Portalitos todos los caballos analizados bebieron agua con una composición isotópica similar y que los équidos vivieron en la misma zona geográfica del Cinturón Volcánico Trans-Mexicano. Sin embargo, en La Piedad-Santa Ana, todos los caballos tenían valores diferentes, lo que podría sugerir que quizá no eran originarios de esa región.

Aunque con la evidencia recogida no es posible llegar a saber si las tres especies de caballos provenientes de estos dos sitios se cruzaron en algún momento, sí es posible pensar que en diferentes etapas de sus vidas caminaron los mismos senderos. Senderos que luego fueron recorridos por grupos humanos de los que se presume, causaron la extinción de estos équidos. Aspecto que parece paradójico teniendo en cuenta que siglos después, un grupo de científicos mexicanos de la Universidad Michoacana San Nicolás Hidalgo, buscaron los medios necesarios para conocer las historias de aquellos seres extintos que finalmente quedaron atrapados bajo el sedimento del centro-oeste de México. Una labor que hoy por hoy permite reflexionar no solo sobre la biodiversidad originaria de esta región, sino también sobre el inesperado modo en que la domesticación de estos animales llevada a cabo en otros continentes, les permitió a los caballos retornar a su tierra original a través de la conquista, la colonización y la guerra.

De Sahagún, B. (1589). Historia General de las Cosas de la Nueva España de Fray Bernardino de Sahagún: El Códice Florentino. Libro XII: La Conquista de México. https://www.wdl.org/es/item/10623/view/1/139/

 

Marín-Leyva, A.H., Alberdi, M.T., García-Zepeda, M.L., Ponce-Saavedra, J., Schaaf, P., Arroyo-Cabrales, J. y Bastir, M. (2019). Morfometría geométrica en elementos óseos postcraneales de los caballos del Pleistoceno tardío en México: implicaciones taxonómicas y ecomorfológicas. Revista Mexicana de Ciencias Geológicas, 36(2), 195-206. http://rmcg.geociencias.unam.mx/index.php/rmcg/article/view/1044/1348

 

Marín-Leyva, A.H., Schaaf, P., Solís-Pichardo, G., Hernández-Treviño, T., García-Zepeda, M.L., Ponce-Saavedra, J. y Alberdi, M.T. (2021). Tracking origin, home range, and mobility of Late Pleistocene fossil horses from west-central Mexico. Journal of South American Earth Sciences, 105, 102926. https://doi.org/10.1016/j.jsames.2020.102926

 

Alejandro H. Marín-Leyva. Profesor-Investigador en el Laboratorio de Paleontología, Facultad de Biología, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.

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Daniela Trujillo Hassan. Antropóloga del Centro de Estudios Históricos del Ejército, Pontificia Universidad Javeriana.

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