AGUACATES Y MEGABESTIAS

Escrito por Roberto Díaz Sibaja

Hace miles de años el mundo era un lugar muy diferente al que conocemos hoy. Estaba poblado por megabestias de todo tipo, los humanos recién habían evolucionado en África y ocurrían grandes cambios climáticos, que se alternaban en ciclos glaciares e interglaciares. Hace unos 12,000 años, durante un lapso interglaciar como en el que vivimos ahora, los humanos ya habían migrado a todos los continentes y ocurrió algo sin precedentes: abandonamos la vida nómada y aprendimos a domesticar plantas, cambiando para siempre nuestro estilo de vida.

Contrario a lo que dicta la intuición, en la naturaleza las plantas que cultivamos no existen tal y como las encontramos en nuestra tienda. Las formas silvestres de nuestros vegetales son sustancialmente distintas de las formas domésticas que consumimos. En los últimos 10,000 años o quizá un poco más, hemos “creado” plantas comestibles y palatables mediante el proceso de selección artificial. Hicimos de varios pastos de semillas pequeñas, los actuales maíces, sorgos, trigos y arroces. Transformamos raicillas diminutas en papas, camotes, zanahorias, rábanos y más. Tomamos frutos casi sin pulpa y de sabores cuestionables y los convertimos en deliciosos alimentos, entre los que encontramos al aguacate (Persea americana).

Los aguacates modernos vienen en muchas variedades domesticadas, desde el tan deseado Hass, hasta los “criollos”, que tienen una cáscara comestible. Esta planta es parte de una industria millonaria que da trabajo a miles de personas y alimenta a muchas más. En términos biológicos, el aguacate es una planta muy exitosa. Pero guarda un obscuro secreto, uno que tiene que ver con su origen y persistencia.

En la naturaleza los frutos sirven un rol específico. Son el medio de dispersión de las plantas con flores, la forma en la que consiguen enviar a sus vástagos lejos y así incrementar su éxito reproductivo y consecuentemente, evolutivo. Y aunque algunos frutos se dispersan por aire y agua, muchas plantas desarrollaron una íntima y efectiva relación de cooperación con los animales y son éstos quienes dispersan sus propágulos, recibiendo a cambio una recompensa alimenticia, la deliciosa y nutritiva pulpa. Esta estrategia de coevolución es tan efectiva que hoy, la inmensa mayoría de las plantas de frutos carnosos son zoocóricas, es decir, una o más especies animales dispersan sus frutos.

En particular, el aguacate es un fruto endozoocórico, lo que significa que su dispersor tiene que tragarlo entero para aprovechar la pulpa y luego defecarlo lejos del árbol progenitor. Esta táctica garantiza además, que la semilla esté abonada de forma natural con las heces de su benefactor. Pero un momento, hoy no queda ningún animal nativo lo suficientemente grande como para tragar un aguacate y no morir ahogado por la enorme semilla que guarda en su interior. Entonces, ¿cómo se dispersaba el aguacate naturalmente antes de la llegada de los humanos? La biología evolutiva tiene la respuesta.

Sucede que, en muchas ocasiones, cuando el dispersor natural de una planta se extingue, ésta lo seguirá inadvertidamente a la tumba con un retraso de siglos e incluso, milenios. A estas plantas sin dispersor natural se les conoce como “fantasmas de la evolución”, espectros que rondan el mundo de los vivos sin “saber” que ya están muertos. Tal el caso del árbol Syzygium mamillatum, de la isla de Mauricio, que era dispersado por el extinto dodo y que, sin su benefactor, espera inadvertidamente su extinción. Y también es el caso del aguacate.

Entonces, ¿qué animal o animales lo dispersaban? Los paleontólogos que estudian la Mesoamérica prehistórica tienen como candidatos a perezosos terrestres gigantes, toxodontes (parientes muy lejanos de los rinocerontes, caballos y tapires), gonfoterios y mastodontes (ambos parientes de los modernos elefantes). Estos animales eran los únicos capaces de tragarse entero un aguacate y defecarlo sin problemas y habitaron en la porción sur de Mesoamérica y Centroamérica, lugar de origen del aguacate, por lo que casi es certero que eran sus dispersores. Sin embargo, estos animales se extinguieron tras el último ciclo glacial abrupto, hace más de 10,000 años. Según la ecología, el aguacate debió de extinguirse o estar en proceso de hacerlo, pero no es el caso, persistió.

Y es que un mamífero bípedo y desnudo que venía del viejo mundo pudo cultivarlo, domesticarlo e inadvertidamente tomó el lugar de las extintas megabestias aguacateras. Los humanos llegamos justo a tiempo, a tan sólo un par de milenios después de la extinción de la megafauna se domesticó el aguacate y se le salvó de la extinción. Los vestigios arqueológicos más antiguos conocidos de este proceso proceden de la Cueva de Coxcatlán, en Puebla. Este sitio alberga restos subfosilizados de “huesos” de aguacate (sus semillas) y las más viejas tienen cerca de 8,000 años de antigüedad. Estos antiguos aguacates eran similares a los modernos y desde entonces no han dejado de cultivarse.

 Sin percatarnos, los seres humanos salvamos de la extinción al “oro verde”. A cambio, nos sobornó con su pulpa verde y oleosa. Así que cuanto te estés preparando un rico guacamole, piensa que el aguacate era el manjar de gigantescos mamíferos que alguna vez rondaron América. Este fruto anacrónico sigue existiendo y no sólo eso, sino que además es un éxito biológico y culinario. Como éste, hay muchos otros ejemplos de frutos fantasmas en todo el mundo, testigos mudos de un tiempo que no existe más, el tiempo de las megabestias. 

Saber más

Barlow, C. 2000. The ghosts of evolution: nonsensical fruit, missing partners, and other ecological anachronisms. Basic Books. 291pp. 

Roberto Díaz Sibaja es Estudiante del Programa Institucional de Doctorado en Ciencias Biológicas de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.

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