El cine en nuestro cerebro. Entre neuronas y emociones

ARTÍCULO

El cine en nuestro cerebro. Entre neuronas y emociones
Sara Guadalupe Véjar-Hernández y Karla Gabriela Domínguez-González

 Resumen

En este artículo exploramos cómo las películas influyen en nuestras emociones, nuestro juicio, nuestras opiniones e incluso en las decisiones que tomamos en la vida cotidiana. Para ello, se presentan diversos estudios en el campo de las neurociencias que, en combinación con investigaciones sobre el cine y el uso de técnicas de neuroimagen, han aportado hallazgos relevantes acerca de la forma en que nuestro cerebro procesa las experiencias audiovisuales. Asimismo, analizaremos el impacto emocional y psicológico que tienen las películas, así como su capacidad para moldear la percepción de la realidad. Finalmente, abordaremos cómo este conocimiento es aprovechado por la mercadotecnia y la publicidad, con el fin de influir en el comportamiento de las personas y favorecer determinados objetivos económicos.

Palabras clave: Cine, mercadotecnia, neuromarketing.

RECIBIDO: 25/07/2024; ACEPTADO: 20/03/2025; PUBLICADO: 30/06/2026

 

Las películas, las series, los audiolibros, las novelas y, en general, cualquier manifestación audiovisual o narrativa —ya sea una secuencia de imágenes, una fotografía, una pintura o una producción en 2D o 3D— evocan reacciones en nosotros. No hay forma de eludir el efecto que estas expresiones artísticas ejercen sobre nuestros sentidos, nuestro cerebro y nuestras emociones.

La mayoría de las veces tampoco intentamos hacerlo, pues la experiencia de ser espectadores suele ser voluntaria y deseada. El cine, en particular, constituye un espacio de experiencias sensoriales cuidadosamente construidas y de aceptación consciente. Nos reunimos con un grupo de desconocidos o permanecemos en la comodidad de nuestro hogar, frente a una pantalla destinada al entretenimiento: diversión o tristeza. Aceptamos entonces aquello que está por venir, sea lo que sea, esperando no solo escapar del aburrimiento o compartir un momento con quienes van en grupo a una sala de cine, sino también establecer un vínculo invisible con la historia que se desarrolla ante nuestros ojos.

Miramos la pantalla con la esperanza de encontrarnos en ella. Buscamos aquello que hemos vivido, lo que nunca hemos experimentado y aquello que quizá podríamos llegar a vivir. Nos observamos en los personajes, nos cuestionamos, nos juzgamos y nos amamos. De una u otra forma, se trata de una experiencia profundamente personal.

Indudablemente, el cine es una experiencia inmersiva en términos sensoriales. Como toda manifestación artística, ejerce una influencia sobre nuestro organismo, nuestras emociones, nuestra memoria e incluso nuestras opiniones. Su impacto es tan significativo que con frecuencia se utiliza como herramienta pedagógica y terapéutica. Más allá del entretenimiento, el cine se ha consolidado como una forma de arte, un medio de expresión y una poderosa herramienta de comunicación.

Cabe entonces preguntarse: ¿qué hace tan atractivo al cine?, ¿por qué las películas logran mantener nuestra atención durante horas?, ¿qué ocurre en nuestro cerebro mientras observamos una historia en la pantalla? En las últimas décadas, estas preguntas han despertado el interés de numerosos investigadores y se han convertido en objeto de estudio dentro de un campo fascinante: la neurociencia.

 

La ciencia detrás de la imagen

La neurociencia es un campo de estudio interdisciplinario que integra conocimientos de diversas áreas, como la neurología, la psiquiatría, la psicología e incluso la biología molecular. En las últimas décadas, los avances en este ámbito han despertado un gran interés debido a su capacidad para aportar nuevas perspectivas sobre el funcionamiento del cerebro y el comportamiento humano. Gracias a ello, la neurociencia se ha convertido en una herramienta valiosa para comprender fenómenos que van más allá de las ciencias de la salud, incluyendo campos tan diversos como el cine, la educación o la economía.

Con el paso de los años, las técnicas desarrolladas por la neurociencia y disciplinas afines han comenzado a aplicarse en sectores alejados de las ciencias naturales, de donde originalmente surgieron. Entre ellas destaca la neuroimagen, un conjunto de métodos que permite observar y analizar la actividad cerebral. Estas herramientas han representado un parteaguas para la investigación científica y continúan ampliando sus posibilidades de aplicación, abriendo nuevas oportunidades para el estudio de la mente humana desde perspectivas cada vez más innovadoras.

Un ejemplo de esta convergencia entre neurociencia y cine puede encontrarse en las reflexiones de James Cameron, director de la exitosa franquicia Avatar, quien ha señalado el potencial de los estudios sobre los procesos cognitivos para comprender mejor la forma en que las personas experimentan las películas. Este tipo de investigaciones ha dado lugar a campos como el neuromarketing, que emplea técnicas de neuroimagen —como la resonancia magnética— para analizar la toma de decisiones y las respuestas emocionales de los consumidores. Gracias a estas herramientas es posible estudiar los procesos cognitivos que intervienen cuando una persona evalúa, selecciona o adquiere un producto.

Las películas, por su parte, recurren a diversos recursos narrativos y audiovisuales para captar y dirigir la atención del espectador. Nuestros sentidos están diseñados para recibir información del entorno, pero lo que percibimos no es una reproducción exacta de la realidad. Lo que para nuestros ojos son estímulos luminosos, para el cerebro constituye información que debe ser interpretada a partir de experiencias previas, recuerdos y conocimientos almacenados en la memoria.

Así, aunque la realidad física está compuesta por luz, ondas y partículas, la experiencia consciente que tenemos de ella surge de un complejo proceso de interpretación del cerebro, donde todos esos elementos se unen para lograr la percepción.

 

Rompecabezas de emociones

Imaginemos este proceso como una decodificación. Los estímulos externos serían las piezas dispersas de un rompecabezas que, por sí solas, carecen de significado. Es la percepción la que permite unirlas y dar forma a ese gran espectáculo cotidiano que llamamos realidad. Del mismo modo, esas piezas pueden integrarse para construir la extraordinaria experiencia visual que ofrece una película como Avatar. Los recursos cinematográficos están diseñados precisamente para captar nuestra atención y estimular nuestros sentidos. Una vez que lo consiguen, el filme encuentra la manera de conectar con nosotros por medio de experiencias, emociones y recuerdos que forman parte de nuestra propia vida.

Por ello, somos capaces de empatizar con escenas profundamente emotivas, como el célebre momento de llanto en que el personaje interpretado por Tom Hanks en El Náufrago se despide de Wilson. Y esa conexión no es porque hayamos perdido a un amigo inanimado, sino porque conocemos el dolor de la pérdida, el afecto hacia alguien importante o la sensación de despedirse de aquello que valoramos. Es esa experiencia emocional compartida la que nos permite comprender el sufrimiento del personaje y conectar con él.

La empatía constituye, por tanto, uno de los recursos más poderosos del lenguaje cinematográfico. Gracias a ella entendemos las motivaciones, los conflictos y las aspiraciones de los personajes, independientemente de cuán distintas sean sus circunstancias respecto a las nuestras.

Desde la neurociencia, este fenómeno se ha relacionado con la actividad de un grupo particular de células nerviosas conocidas como neuronas espejo.

 

Neuronas espejo

Las neuronas espejo fueron descubiertas de manera accidental por un grupo de neurobiólogos italianos a principios de 1991. Mientras realizaban experimentos con simios para estudiar la actividad de áreas cerebrales relacionadas con el movimiento, particularmente las implicadas en la acción de agarrar objetos, registraban la actividad neuronal mediante microelectrodos implantados en la corteza premotora.

Durante el desarrollo de estos estudios, los investigadores observaron un fenómeno inesperado: determinadas neuronas se activaban no solo cuando el animal realizaba una acción, sino también cuando observaba a otro individuo ejecutar una acción similar. Este hallazgo dio origen al concepto de neuronas espejo: un grupo de células nerviosas que responden tanto a la ejecución como a la observación de determinadas conductas.

Desde esta perspectiva, resulta más fácil entender por qué conectamos emocionalmente con los personajes de una película. En cierta medida, compartimos sus experiencias: lloramos cuando ellos lloran, reímos cuando ellos ríen o sentimos enojo al ver una injusticia.

Los acontecimientos que observamos en la pantalla son transformados por nuestro cerebro en emociones y sentimientos, tanto agradables como desagradables. El ser humano posee la capacidad de experimentar una amplia gama de emociones, entre ellas la alegría, la tristeza, el miedo, el enojo o el asco. Sin embargo, estas respuestas emocionales no surgen de manera aislada, sino que se encuentran estrechamente vinculadas a nuestras experiencias previas y a los recuerdos almacenados en la memoria.

Cuando un evento genera una respuesta emocional intensa, el cerebro establece asociaciones entre los acontecimientos vividos y las sensaciones que estos provocan. En neurociencia, este proceso ha sido denominado «marcadores somáticos».

 

Experimentando emociones

Estos marcadores somáticos están relacionados con la manera en que experimentamos las emocionesy trabajan directamente con el sistema límbico, donde se encuentran las áreas denominadas centros de aversión y centros de gratificación, las cuales han sido asociadas con las respuestas motoras instintivas relacionadas con la supervivencia y la reproducción. Los centros de aversión se asocian con la amígdala, mientras que los centros de gratificación con el núcleo de accumbens (encontrado en la parte basal del cerebro anterior). Si una experiencia despierta un centro de aversión, el individuo percibe desagrado; por el contrario, si un acontecimiento activa un centro de gratificación, se percibirá como placer.

Por ejemplo, todos recordamos la legendaria escena del tren en la primera película del Hombre Araña, protagonizada por Tobey Maguire. Seguramente, los primeros minutos de la secuencia habrán despertado un centro de aversión en la amígdala, puesto que Peter Parker está en problemas y no sabemos si podrá resolverlo. Pero habremos sentido alivio o gratificación cuando todos estuvieron a salvo.

Estos centros de aversión y gratificación no solo están asociados a las emociones, sino también a los sentimientos complejos. Resulta fácil comprender, por ejemplo, la tristeza que experimentamos al recordar la emblemática escena de El Rey León en la que Simba pierde a Mufasa. Sin embargo, las reacciones que surgen a partir de ese acontecimiento suelen ser mucho más difíciles de identificar. Sentimos tristeza por Simba y enojo hacia Scar; anticipamos el destino de ambos personajes y nos preguntamos si el exilio de Simba es realmente la mejor opción. Más adelante, cuando Scar es acorralado por las hienas, algunas personas experimentan satisfacción o alegría, otras pena o quizá tristeza.

Esta diferencia constituye uno de los aspectos fundamentales para comprender nuestra experiencia emocional. Las emociones son respuestas fisiológicas que surgen ante estímulos o acontecimientos determinados y cumplen una función adaptativa. Los sentimientos, en cambio, corresponden a la interpretación consciente que hacemos de esas emociones, influida por nuestros pensamientos, recuerdos y experiencias previas.

Como hemos visto, las películas ejercen una profunda influencia sobre nuestros sentidos, nuestras emociones e incluso nuestra manera de comprender el mundo. Quizá por ello resulta tan acertada la siguiente reflexión: «El cine provoca una sacudida en la corteza cerebral independientemente de toda representación. El cine es capaz de ponernos en contacto con una vida oculta que es preciso adivinar. Es un proceso de revelación instantánea, automática».

Nos reflejamos en las historias que vemos. Participamos en un intercambio constante entre nuestra capacidad de percibir y el extraordinario poder evocador de las imágenes. Aprendemos, nos emocionamos, lloramos ante las pérdidas de los personajes y compartimos sus alegrías. Es una clase de círculo imperceptible, una experiencia compartida, múltiple, de apreciación y experiencia sensorial.

Al salir de una sala de cine o al terminar una película en casa, suele permanecer una sensación difícil de describir: una especie de eco emocional que nos acompaña durante un tiempo. Regresamos a la realidad después de haber habitado, por unas horas, un universo construido con imágenes, sonidos y emociones. A veces volvemos con la mente despejada o hecha un lío. Pero, de una forma u otra, siempre estamos dispuestos a regresar para vivir la siguiente historia.

Sara Guadalupe Véjar-Hernández. Estudiante de Facultad de Químico Farmacobiología, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Morelia, Michoacán. 2028377b@umich.mx

Karla Gabriela Domínguez-González. Académica de la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Morelia, Michoacán. karla.dominguez@umich.mx

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