Número 89
LA CIENCIA EN EL CINE
Silo: vivir dentro de una mentira
Horacio Cano Camacho
Por alguna razón, la ciencia ficción suele ser muy pesimista. Tal vez porque las historias felices no le interesan demasiado a nadie. Pero tampoco parece haber demasiados elementos para ser optimistas. Ya entrado el siglo XXI, y después de las experiencias terribles del turbulento siglo XX —guerras, genocidios, pandemias y una crisis climática que ya comenzaba a vislumbrarse—, lo cierto es que seguimos anclados en muchos de los mismos problemas.
Por ello, la ciencia ficción no es más que el reflejo de nuestras preocupaciones reales. Hablar de una guerra mundial, y más aún de una en la que se emplearan armas nucleares, parecía formar parte de una pesadilla de la que finalmente habíamos despertado. La realidad nos dice otra cosa: guerras, genocidios, hambre, migraciones obligadas por la pobreza y conflictos crecientes nos recuerdan que quizá no haya demasiados motivos para ser razonablemente optimistas.
La ciencia ficción no necesita inventar nuestros temores. Le basta con exagerarlos, prolongarlos o imaginar qué ocurriría si algunas tendencias del presente continuaran desarrollándose.
Hay historias de ciencia ficción que se preguntan cómo será el futuro. Otras son mucho más inquietantes: se preguntan qué tendríamos que hacer en el presente para terminar construyendo determinado futuro. La tercera temporada de Silo, disponible en Apple TV, pertenece cada vez más a este segundo grupo.
La serie, creada por Graham Yost a partir de la trilogía de novelas de Hugh Howey, comenzó con una idea extraordinariamente sencilla. Diez mil personas viven encerradas en una gigantesca construcción subterránea de más de cien niveles. Nadie puede salir porque, según se les ha dicho durante generaciones, el mundo exterior es incompatible con la vida. Nadie sabe con certeza quién construyó el silo, por qué lo hizo, ni cuánto tiempo lleva allí la humanidad. Y, todavía más importante, casi nadie parece considerar conveniente hacerse demasiadas preguntas.
La primera temporada fue, en buena medida, la historia de una pregunta: ¿Es verdad lo que nos han contado?
La segunda amplió considerablemente el problema. Descubrimos que el silo no era necesariamente una excepción y que el mundo en el que vive Juliette Nichols —la ingeniera interpretada espléndidamente por Rebecca Ferguson— forma parte de algo mucho mayor.
La tercera temporada da un paso todavía más ambicioso: comienza a preguntarnos cómo fue posible llegar hasta allí.
Y ese cambio modifica profundamente la serie.
Los diez episodios de esta temporada desarrollan dos historias separadas por siglos. Una continúa los acontecimientos en el mundo subterráneo que conocemos; la otra nos lleva hacia un tiempo mucho más cercano al nuestro y comienza a reconstruir el origen de los silos.
Es una decisión narrativa arriesgada porque interrumpe continuamente la tensión que habíamos acumulado alrededor de Juliette. Por momentos, esta tercera temporada parece funcionar como un enorme puente hacia la cuarta y última entrega. Pero es precisamente esa estructura la que permite que Silo deje de ser solamente una historia sobre personas atrapadas bajo tierra y se convierta en algo mucho más interesante: una reflexión sobre cómo se construyen sistemas destinados a controlar a los seres humanos durante generaciones.
Y aquí aparecen un par de preguntas que me parecen centrales: ¿Puede una sociedad, por pequeña y ordenada que sea, renunciar a su impulso de libertad, a su escepticismo y a su capacidad de hacerse preguntas? ¿Puede simplemente obedecer reglas escritas, quién sabe por quién y por qué motivos?
Porque mantener a diez mil personas encerradas durante siglos no depende solamente de paredes gruesas, puertas blindadas o fuerzas de seguridad. Depende, sobre todo, de controlar la realidad. Pero, ¿es compatible una realidad forzada con la naturaleza humana?
Quien controla lo que una sociedad sabe acerca de su pasado, controla también aquello que esa sociedad considera posible en el futuro.
Por eso en Silo son tan peligrosos los objetos antiguos, los documentos, las fotografías, los testimonios y cualquier fragmento capaz de demostrar que las cosas pudieron ser distintas. No son simples recuerdos. Son evidencias. Y una evidencia puede convertirse en una pregunta.
La serie vuelve así sobre uno de los temas fundamentales de toda sociedad autoritaria: la administración de la memoria.
Muchos regímenes autoritarios comienzan precisamente por allí: prohibiendo libros. Algunas veces incluso quemándolos públicamente, como si destruir el objeto permitiera también borrar las ideas que contiene. Después puede venir la persecución del arte considerado degenerado, la imposición de determinadas concepciones estéticas, históricas o morales y, finalmente, el intento de construir una memoria oficial en la que algunas voces, algunos hechos e incluso algunas personas simplemente dejan de existir.
Lo hemos visto muchas veces. La Inquisición elaboró índices de libros prohibidos. El nazismo organizó grandes quemas públicas de obras consideradas incompatibles con su ideología y persiguió aquello que denominó arte degenerado. Destruir libros, censurar imágenes o prohibir determinadas expresiones artísticas nunca ha sido solamente una cuestión estética: es también un intento por decidir qué puede recordar una sociedad y, en consecuencia, qué puede pensar. Sin embargo, la historia demuestra que la memoria es extraordinariamente difícil de suprimir.
Los libros sobreviven. Circulan clandestinamente, se esconden, se copian y reaparecen. Siempre hay alguien dispuesto a conservar aquello que se ordenó olvidar. Y el arte perseguido, lejos de desaparecer necesariamente, puede hacerse todavía más crítico, más radical y más contestatario.
La ciencia ficción ha jugado muchas veces con esa idea. Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, llevó la destrucción de los libros hasta convertirla en el centro de una de las grandes distopías del siglo XX. Quemar el libro no basta: para controlar verdaderamente una sociedad, habría que eliminar también el deseo de leerlo, de recordarlo o de preguntarse qué decía.
Tal vez por eso la memoria prohibida termina convirtiéndose también en una forma de resistencia. Eso es precisamente lo que ocurre en Silo.
Sus habitantes conocen perfectamente las normas de funcionamiento de su mundo, pero desconocen casi por completo su origen. Saben cómo comportarse, qué trabajos existen, dónde pueden desplazarse y qué cosas están prohibidas. Poseen conocimientos técnicos extraordinarios para mantener funcionando una instalación gigantesca y, paradójicamente, carecen de información elemental acerca de su propia historia.
No se trata de ignorancia en el sentido común del término. Es una ignorancia cuidadosamente construida. Y esta tercera temporada lleva esa idea todavía más lejos al convertir la memoria individual en otro territorio sobre el cual puede ejercerse el poder. Recordar deja de ser simplemente una capacidad biológica para convertirse en un acto potencialmente subversivo.
Aquí encuentro uno de los aspectos más sugerentes de la serie y también uno de los sitios donde la ciencia puede ayudarnos a jugar con sus preguntas.
¿Qué somos sin nuestros recuerdos? ¿Hasta qué punto nuestra identidad depende de aquello que creemos haber vivido? ¿Es posible modificar selectivamente la memoria? ¿Puede una sociedad funcionar si cada generación recibe solamente una versión cuidadosamente seleccionada del pasado?
Silo nunca necesita convertir estas cuestiones en una clase. Hace algo mejor: construye situaciones en las que inevitablemente terminamos formulándolas.
La segunda línea narrativa de la temporada resulta igualmente perturbadora porque nos aproxima al origen del experimento. Los responsables de construir este mundo subterráneo no aparecen como villanos caricaturescos que desean destruir a la humanidad. En gran medida se presentan como personas convencidas de estar resolviendo un problema.
Y quizá allí reside lo más inquietante.
Muchas de las peores decisiones humanas no comienzan necesariamente con alguien diciendo: «Hagamos algo terrible». Pueden comenzar con otra frase mucho más tranquilizadora: «No tenemos alternativa».
A partir de ella resulta posible justificar restricciones, sacrificios, secretos y controles siempre que se presenten como necesarios para garantizar la supervivencia de la mayoría. Entonces aparece otra de las grandes preguntas de Silo: ¿Qué estamos dispuestos a aceptar cuando tenemos miedo?
Una sociedad aterrorizada puede aceptar restricciones que rechazaría en circunstancias normales. Puede tolerar vigilancia, ocultamiento de información e incluso la supresión de personas consideradas peligrosas si todo ello se presenta como condición indispensable para sobrevivir.
El miedo, en este sentido, resulta casi tan importante para mantener cerrado el silo como sus toneladas de concreto y acero. Pero existe otro problema todavía más profundo.
Quienes diseñaron ese mundo pretenden controlar no solamente a las personas, sino también el futuro. Quieren construir un sistema suficientemente estable para funcionar durante décadas o siglos. Y hacerlo significa predecir el comportamiento de poblaciones enteras: cuántas personas habrá, qué consumirán, cómo se reproducirán, qué conflictos surgirán, cuántos recursos necesitarán y qué ocurrirá cuando alguna parte del sistema falle.
Un silo es, por tanto, mucho más que un refugio. Es un enorme experimento ecológico, tecnológico y social.
Agua, alimentos, energía, residuos, oxígeno, población y materias primas forman parte de un sistema prácticamente cerrado en el que cualquier desequilibrio puede terminar propagándose por el conjunto. Y aquí la ficción comienza inevitablemente a rozar problemas científicos muy reales.
Tal vez uno de los mayores aciertos de Silo sea precisamente ese. Sus escenarios son espectaculares, pero sus mejores preguntas no están demasiado alejadas de nosotros.
¿Cómo se mantiene una población humana aislada durante muchas generaciones?
¿Cómo se conserva la diversidad genética?
¿Cómo se reciclan los nutrientes?
¿Cómo se evita el agotamiento de los recursos?
¿Cómo se mantiene estable un ecosistema artificial?
¿Cuánta energía requiere algo semejante?
¿Son suficientes diez mil personas para mantener lejos la endogamia o garantizar la sobrevivencia y la diversidad de la especie humana?
Y, sobre todo, ¿podemos realmente diseñar un sistema capaz de anticipar durante siglos el comportamiento de algo tan impredecible como una sociedad humana?
Es aquí donde la tercera temporada adquiere especial interés. Hasta ahora mirábamos el silo desde abajo, como sus habitantes, intentando descubrir qué había detrás de cada puerta cerrada. Ahora comenzamos a observarlo también desde arriba, desde la perspectiva de quienes imaginaron el sistema.
Eso cambia nuestra pregunta. Ya no basta con preguntarnos por qué nadie puede salir. Comenzamos a preguntarnos quién decidió que nadie debía hacerlo.
Aquí la serie se aleja también, en algunos aspectos, de la experiencia que producen las novelas de Hugh Howey. En los libros, una parte importante de la fascinación consiste precisamente en no saber cómo hemos llegado hasta allí. El lector comparte durante mucho tiempo la ignorancia de los habitantes del silo y va reconstruyendo trabajosamente un mundo del que apenas posee fragmentos. El exterior, ese mundo devastado, árido, casi convertido en un enorme desierto de arena, tiene además una presencia particularmente inquietante.
La adaptación televisiva organiza las piezas de otra manera. Nos proporciona algunas respuestas antes, amplía personajes y acontecimientos y convierte el origen mismo de los silos en una de sus líneas narrativas.
He leído los libros y sé que la serie modifica elementos importantes. Y, sin embargo, la adaptación me ha encantado. Quizá porque no intenta reproducir literalmente a Howey. Lo traduce al lenguaje de la televisión.
Los libros y la serie producen experiencias distintas, pero conservan algo esencial: esa sensación de que existe una realidad detrás de la realidad, una explicación que alguien conoce y que otros han decidido que nosotros no debemos conocer.
Visualmente, además, la serie continúa siendo magnífica. El silo conserva esa combinación de monumentalidad y claustrofobia que ha definido a la producción desde el principio. Miles de personas viven en un espacio gigantesco que, sin embargo, termina resultando terriblemente pequeño. Rebecca Ferguson mantiene en Juliette esa magnífica mezcla de obstinación, inteligencia práctica y vulnerabilidad que convirtió al personaje en el centro de la historia, aunque esta temporada distribuya mucho más el protagonismo entre las distintas líneas narrativas.
El ritmo puede resultar más pausado que en las dos temporadas anteriores. La serie dedica considerable tiempo a preparar piezas cuyo verdadero sentido seguramente se completará en la cuarta temporada. Pero también ofrece algo a cambio: comienza a proporcionar respuestas. No todas. Afortunadamente.
Porque una buena historia de ciencia ficción no debería terminar cuando conocemos la explicación del misterio. Debería conseguir que esa explicación produzca nuevas preguntas. Silo continúa funcionando precisamente por eso.
Podemos verla como una magnífica distopía, como un thriller político, como una historia sobre supervivencia o simplemente como uno de los proyectos de ciencia ficción televisiva más ambiciosos de los últimos años.
Pero podemos verla también como algo más cercano.
Como una historia acerca de nuestra relación con el conocimiento.
Acerca de quién decide qué sabemos.
Acerca de nuestra necesidad de conservar la memoria.
Y acerca del enorme peligro de dejar de preguntar.
Después de todo, quizá el elemento más peligroso dentro de cualquier silo no sea una puerta abierta hacia el exterior. Quizá sea alguien preguntando:
¿Por qué?
Horacio Cano Camacho,Profesor Investigador del Centro Multidisciplinario de Estudios en Biotecnología de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. horacio.cano@umich.mx
















