Número 89
UNA PROBADA DE CIENCIA
La mano que piensa: recuperar la inteligencia de las manos
Horacio Cano Camacho
Últimamente he estado meditando acerca de la pérdida gradual, pero muy notoria, de las habilidades manuales. Esas que destacaban en la generación de mi padre y en las anteriores. Él sabía hacer muchas cosas y era, hasta cierto punto, autosuficiente.
Una escena que siempre recuerdo ocurría cuando comíamos aguacate o, mejor todavía, guacamole. Mi padre tomaba el «hueso», es decir, la semilla, y con su navaja o con cualquier cuchillo tallaba una figura preciosa que luego nos regalaba. A mí siempre me sorprendió esa habilidad. Y no, no era escultor. Lo hacía simplemente por regalarnos algo, pero lo hacía muy bien. Lo mismo dibujaba que pintaba o escribía.
He observado que mi generación y las posteriores dominamos cada vez menos el trabajo manual, la capacidad de reparar, modificar o construir cosas con nuestras propias manos. Me refiero, sobre todo, a quienes trabajamos fundamentalmente en actividades intelectuales. Hemos terminado por separar ambas capacidades, como si pensar y hacer fueran actividades distintas: unas personas piensan y otras ejecutan.
Precisamente esa separación es la que cuestiona el libro que ahora recomiendo.
Hemos adquirido un modelo de vida que yo llamo «bienestar empaquetado». Cada vez somos más usuarios pasivos de tecnologías activas: tecnologías que deciden, recomiendan, corrigen, filtran, predicen, vigilan, calculan, ordenan y hasta escriben, mientras nosotros muchas veces solo aceptamos, deslizamos, autorizamos, actualizamos o padecemos.
Pero no lo digo como una condena moral. No es que la gente sea más torpe por naturaleza. Es que la tecnología contemporánea está diseñada, en buena medida, para que la usemos sin comprenderla. El nuevo usuario toca mucho, pero entiende poco.
Antes, una herramienta mostraba más claramente su lógica. Un martillo, una bicicleta, una máquina de coser, una radio vieja o incluso una computadora temprana permitían cierta relación material: abrir, ver, probar, ajustar, reparar. Muchos objetos actuales, en cambio, funcionan como cajas cerradas. Los usamos con enorme eficacia, pero cada vez sabemos menos acerca de lo que ocurre dentro de ellos.
Juhani Pallasmaa es arquitecto; no obstante, La mano que piensa. Sabiduría existencial y corporal en la arquitectura (GG, 2014) no es solamente un libro de arquitectura. Es, más bien, una reflexión sobre la creación, el conocimiento y la relación que establecemos con el mundo a través de nuestro cuerpo. Su punto de partida parece sencillo: pensamos con el cerebro, pero también pensamos con las manos, con los ojos, con la piel y, en general, con todo el cuerpo.
La afirmación es mucho menos obvia de lo que parece. Buena parte de nuestra tradición educativa e intelectual ha establecido una separación muy profunda entre pensar y hacer. Por una parte, estaría el pensamiento: abstracto, racional, intelectual. Por otra, las manos, encargadas simplemente de ejecutar aquello que previamente ha concebido la mente. Primero pensamos una cosa y después, supuestamente, ordenamos a nuestras manos que la hagan.
Pallasmaa cuestiona esta separación. Para él, la mano no es una simple herramienta obediente del cerebro. Existe una relación continua entre la mano, el ojo, el instrumento, la materia y la mente. Mientras dibujamos, moldeamos arcilla, cortamos madera, escribimos, construimos una maqueta o manipulamos una herramienta, también estamos pensando. Y muchas veces descubrimos lo que queremos hacer precisamente mientras lo hacemos.
Un arquitecto que dibuja a mano, por ejemplo, no tiene necesariamente una imagen completamente terminada en su cabeza que después reproduce sobre el papel. La línea que traza modifica lo que imagina; esa nueva imagen provoca otra línea y esta, a su vez, transforma nuevamente la idea. Se establece así una especie de conversación entre el pensamiento, la mano y el objeto que comienza a aparecer. El lápiz deja de ser un simple instrumento y se convierte en parte del propio proceso cognitivo.
Esta es una de las ideas más atractivas de La mano que piensa: hacer es también una forma de conocer.
Pallasmaa lleva esta reflexión todavía más lejos. Las manos humanas poseen una larguísima historia evolutiva y cultural. Con ellas hemos fabricado herramientas, construido refugios, preparado alimentos, modelado objetos, escrito, pintado, tejido y transformado nuestro entorno. La relación entre la mano y la herramienta ha sido fundamental en el desarrollo de nuestra cultura. La destreza no reside solamente en los dedos ni exclusivamente en el cerebro, sino en el sistema completo formado por percepción, movimiento, experiencia y materia.
Quien ha trabajado durante mucho tiempo con una herramienta comprende perfectamente esta idea. Llega un momento en que dejamos de pensar conscientemente en cada movimiento. El carpintero no calcula cada vez la presión exacta con la que debe sostener un formón; el dibujante no decide racionalmente cada pequeño movimiento del lápiz; el músico no piensa dónde debe colocar cada dedo. Existe una memoria corporal adquirida mediante la repetición y la experiencia.
Las manos recuerdan.
Pero esta memoria solamente se construye haciendo.
Por eso el libro de Pallasmaa resulta particularmente pertinente en nuestra época. Vivimos rodeados de extraordinarias tecnologías digitales que han ampliado enormemente nuestras posibilidades de diseñar, calcular, representar y comunicar. Sería absurdo rechazarlas. El problema comienza cuando confundimos la ampliación de nuestras capacidades tecnológicas con la sustitución de nuestras capacidades corporales.
Cada vez realizamos menos actividades que exijan una interacción prolongada con la materia. Tocamos pantallas perfectamente lisas para escribir, dibujar, comprar, comunicarnos o diseñar. Muchos objetos ya no revelan cómo funcionan ni cómo fueron construidos. Incluso el dibujo, la escritura y la representación tridimensional pueden realizarse sin una relación física directa con el lápiz, el papel, la madera, el cartón o la arcilla.
El riesgo no consiste simplemente en perder ciertas destrezas artesanales. Podemos estar perdiendo también algunas formas de pensamiento asociadas a ellas.
Cuando escribimos a mano, por ejemplo, debemos aceptar cierta lentitud. La mano no puede seguir la velocidad con la que aparecen las ideas. Estamos obligados a seleccionar, sintetizar y organizar. Cuando dibujamos, descubrimos proporciones, relaciones y errores que muchas veces no habíamos anticipado. Cuando construimos una maqueta, la materia nos impone límites: el cartón se dobla, la madera tiene veta, una unión falla, una estructura pesa, una superficie posee textura.
La materia responde.
Y precisamente porque responde, nos obliga a pensar.
Existe una diferencia fundamental entre imaginar que algo puede construirse y enfrentarse físicamente al problema de construirlo. En ese encuentro aparecen resistencias, accidentes, errores y soluciones inesperadas. La realidad material interviene en el proceso creativo. Ya no somos solamente nosotros imponiendo una idea sobre un objeto: también el objeto nos está proporcionando información.
Algo semejante ocurre con el aprendizaje de un oficio. Serruchar, coser, tallar, soldar, dibujar, encuadernar, modelar o construir requieren tiempo. No existe una tecla para alcanzar inmediatamente el resultado. El aprendizaje ocurre mediante intentos imperfectos. Poco a poco, el cuerpo desarrolla precisión, sensibilidad y anticipación.
Por eso las actividades manuales enseñan también algo que nuestra cultura de la inmediatez parece tolerar cada vez menos: la paciencia.
En ellas el error no es necesariamente un fracaso. Un corte incorrecto, una línea equivocada o una pieza que no encaja proporcionan información. La mano aprende mediante pequeñas correcciones sucesivas. Esta forma de aprendizaje resulta extraordinariamente cercana al propio espíritu de la investigación: observar, probar, equivocarse, modificar y volver a intentar.
Hay, además, otra dimensión profundamente humana en esta relación con los objetos. Las cosas hechas a mano conservan huellas de quien las produjo. Una mesa construida por un carpintero, una libreta encuadernada artesanalmente, un dibujo, una pieza de cerámica o una maqueta poseen pequeñas irregularidades que hablan del proceso mediante el cual surgieron. No son necesariamente defectos; son memoria.
El objeto conserva la historia de su fabricación.
Esta consideración resulta particularmente importante para la arquitectura. Pallasmaa ha criticado reiteradamente una arquitectura dominada casi exclusivamente por la visión: edificios concebidos ante todo como imágenes. Frente a ello, propone recuperar una experiencia corporal y multisensorial del espacio. La arquitectura no solamente se mira. Se toca, se escucha, se recorre, se huele; sentimos su temperatura, su escala, su textura, su peso y la manera en que nuestro cuerpo se mueve dentro de ella.
Desde esta perspectiva, materiales como la madera, la piedra o el ladrillo poseen algo que trasciende su apariencia. Nos permiten reconocer su origen, su envejecimiento, su uso y el paso del tiempo. Una superficie desgastada por miles de manos o un escalón erosionado por quienes lo han recorrido durante décadas contienen información. La materia puede convertirse también en memoria.
Aquí se encuentra una de las razones por las cuales La mano que piensa resulta especialmente recomendable para estudiantes de arquitectura, diseño, arte y disciplinas creativas. El libro recuerda que proyectar no debería significar únicamente producir una representación visual de un objeto futuro. Implica comprender materiales, escalas, cuerpos, fuerzas, texturas, herramientas y procesos.
Un estudiante que construye una maqueta con sus propias manos descubre cosas que difícilmente aparecen en una representación digital. Comprende que las piezas tienen grosor, que los materiales poseen resistencia, que existen uniones difíciles, que ciertas proporciones funcionan sobre la pantalla, pero resultan extrañas cuando adquieren volumen.
La construcción manual obliga a negociar con la realidad.
Esto no significa establecer una oposición ingenua entre tecnología y artesanía. No se trata de abandonar la computadora y regresar románticamente al lápiz, la regla y el formón. Las herramientas digitales son extraordinarias y forman parte inevitable del presente y del futuro. El desafío consiste en evitar que sustituyan completamente ciertas experiencias corporales que poseen un valor cognitivo propio.
Quizá por eso La mano que piensa resulta hoy incluso más sugerente que cuando apareció originalmente. La inteligencia artificial, el modelado automatizado, la fabricación digital y los sistemas generativos nos permitirán producir cada vez con mayor facilidad imágenes, textos, diseños y soluciones. Precisamente por ello será necesario preguntarnos qué capacidades queremos conservar y desarrollar nosotros mismos.
Tal vez una de ellas sea esa antigua capacidad humana de pensar mientras hacemos.
Dibujar aunque exista un programa capaz de producir una imagen perfecta. Construir una maqueta aunque podamos recorrer un modelo virtual. Escribir algunas ideas a mano, aunque resulte más rápido teclearlas. Cortar madera, sembrar una planta, reparar un objeto, cocinar, encuadernar, modelar barro o aprender a utilizar una herramienta.
No necesariamente porque estas actividades produzcan mejores objetos, sino porque producen algo en nosotros.
Desarrollan atención, paciencia, percepción, coordinación, imaginación espacial y sensibilidad hacia los materiales. Nos enseñan que las cosas tienen peso, resistencia, temperatura, textura y tiempo. Y nos recuerdan que nuestro conocimiento del mundo no ocurre únicamente dentro de la cabeza.
Quizá esta sea finalmente la invitación de Pallasmaa. Recuperar las manos no significa recuperar simplemente una antigua habilidad artesanal. Significa recuperar una manera de relacionarnos con la realidad.
Pensamos con palabras y conceptos, desde luego. Pero también pensamos mediante movimientos, imágenes, texturas, resistencias y gestos que hemos repetido miles de veces. Algunas cosas las sabemos explicar y otras, sencillamente, sabemos hacerlas.
En una cultura que parece avanzar hacia una relación cada vez más inmaterial con el mundo, La mano que piensa nos recuerda algo elemental: seguimos siendo cuerpos.
Y nuestras manos también saben.
Horacio Cano Camacho, Profesor Investigador del Centro Multidisciplinario de Estudios en Biotecnología de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. horacio.cano@umich.mx

















