ARTÍCULO
El microbioma intestinal: clave para regular nuestro metabolismo
Raúl Acuña-Correa y Carmen Judith Serrano-Escobedo
Resumen
El microbioma intestinal desempeña un papel fundamental en la regulación metabólica del organismo. Su desequilibrio, conocido como disbiosis, reduce la diversidad microbiana y se asocia con el desarrollo del síndrome metabólico, un factor crítico en la mortalidad global. Sin embargo, investigaciones recientes han demostrado que este ecosistema es dinámico, ya que, gracias a la implementación de hábitos alimentarios adecuados, es posible restaurar la microbiota. Esta plasticidad abre nuevas perspectivas terapéuticas innovadoras para prevenir, revertir o mitigar trastornos metabólicos, posicionando a la nutrición como una herramienta biotecnológica fundamental para la salud pública.
Palabras clave: Dieta mediterránea, microbioma, síndrome metabólico.
RECIBIDO: 25/09/2024; ACEPTADO: 18/03/2025; PUBLICADO: 30/06/2026
Síndrome metabólico y microbioma
Un gran depredador acecha a la humanidad: el síndrome metabólico. Se trata de un conjunto de enfermedades y alteraciones que suelen presentarse de manera simultánea, entre ellas la obesidad, la hipertensión arterial, la resistencia a la insulina —considerada una etapa previa a la diabetes mellitus tipo 2— y los niveles elevados de grasas o lípidos en la sangre.
Este síndrome incrementa significativamente el riesgo de desarrollar algunas de las principales causas de mortalidad mundial, como los infartos cardíacos o cerebrales, la diabetes y sus complicaciones, así como diversos tipos de cáncer. Se estima que afecta a cerca de una cuarta parte de la población mundial y que, tan solo en México, alrededor de 36.5 millones de personas viven con esta condición. Ante este panorama, científicos y médicos de todo el mundo buscan soluciones a esta problemática.
Entre las áreas de investigación más prometedoras destaca el estudio del microbioma intestinal, el cual se define como el conjunto de microorganismos que habitan dentro y sobre nuestro cuerpo, incluyendo bacterias, virus, hongos, etc. Tan solo en el caso de las bacterias, se han identificado más de mil especies diferentes. Es decir, nuestro cuerpo tiene más bacterias que células humanas; estamos habitados por millones de microscópicas máquinas de producción y procesamiento molecular.
Microbioma intestinal
Desde la década de 1950 se sabe que el intestino alberga una enorme diversidad de microorganismos,un conjunto conocido como microbioma intestinal. Sin embargo, solo en las últimas décadas hemos comenzado a comprender su complejidad.
La formación del microbioma intestinal inicia desde el nacimiento y continúa modificándose a lo largo de la vida. Su composición está influida por múltiples factores, entre ellos la lactancia materna, la alimentación, la actividad física, la higiene, el uso de antibióticos y el entorno en el que vivimos. Todo aquello que consumimos no solo nutre a nuestras células, sino también a los millones de microorganismos que habitan en nuestro sistema digestivo.
Lejos de ser un simple conjunto de microorganismos, el microbioma ha evolucionado junto con nuestra especie y desempeña funciones esenciales para el organismo. Una de las más importantes es su participación en la regulación del sistema inmune (defensas ante infecciones y enfermedades). Alrededor del intestino se concentra una gran cantidad de células encargadas de las defensas del cuerpo, las cuales mantienen una interacción constante con los microorganismos intestinales para reconocerlos, controlarlos y preservar el equilibrio del ecosistema intestinal.
El microbioma intestinal también produce varios nutrientes y sustancias que las células humanas no son capaces de generar y que son indispensables para mantenernos saludables, ya que procesan o neutralizan sustancias dañinas y, además, compite con microorganismos que pueden enfermarnos. Otra de sus funciones más relevantes es la regulación del metabolismo, es decir, del conjunto de procesos mediante los cuales el organismo obtiene y utiliza energía a partir de los alimentos.
Asimismo, existe una estrecha relación entre el microbioma y el estado de ánimo, el hambre y la forma en la que utilizamos la energía. Esto debido a que algunas de las mayores concentraciones de neuronas (células que conectan y comunican al cerebro con el resto del cuerpo) se encuentran en el intestino, formando el sistema nervioso entérico, una forma de comunicación con nuestro cerebro. Este sistema nervioso coordina el paso del alimento a través del tubo digestivo y recoge sustancias producidas, casi en su totalidad, por el microbioma, como la dopamina y la serotonina, moléculas que usa el cerebro para producir sensaciones de felicidad o entusiasmo. Esta interacción explica por qué algunas alteraciones gastrointestinales pueden asociarse con trastornos como la ansiedad o la depresión.
No todos tenemos los mismos tipos (especies) de bacterias formando el microbioma intestinal. Aproximadamente, un tercio de ellas es igual en todas las personas, pero el resto es tan único como una huella dactilar, pues depende del tipo de alimento que ingerimos. Para bien o para mal, el microbioma es tan dinámico que diversos estudios han demostrado que cambios en la dieta pueden modificar su composición en tan solo 24 horas. Cuando se altera el equilibrio entre las distintas poblaciones microbianas, se produce un fenómeno conocido como «disbiosis», caracterizado por la mayor proliferación de un tipo de microorganismos que de otro.
La disbiosis se ha asociado con diversas enfermedades crónicas. Por ejemplo, las personas con obesidad o diabetes, trastornos inmunológicos o ciertas afecciones neuropsiquiátricas suelen presentar composiciones microbianas distintas a las observadas en individuos sanos.
La disbiosis, frecuentemente asociada con hábitos alimentarios poco saludables, altera el equilibrio del microbioma intestinal y favorece el predominio de microorganismos potencialmente perjudiciales sobre aquellos que contribuyen al mantenimiento de la salud. Como consecuencia, el sistema inmunitario puede permanecer en un estado de activación constante, una especie de «vigilancia permanente» que, aunque inicialmente busca proteger al organismo, termina resultando perjudicial.
Este estado favorece el desarrollo de inflamación crónica de bajo grado, una respuesta persistente que puede dañar tejidos y órganos con el paso del tiempo. La inflamación se ha relacionado con un mayor riesgo de desarrollar diabetes tipo 2, enfermedades cardiovasculares y otras afecciones crónicas. Además, puede comprometer la capacidad del organismo para responder adecuadamente frente a infecciones y ciertos tipos de cáncer.
La disbiosis también puede afectar al sistema neurológico (el comandante de nuestro cerebro), alterando mecanismos relacionados con el apetito, la saciedad y el almacenamiento de energía. Estos cambios favorecen el aumento de peso, así como altos niveles de grasas en la sangre. En conjunto con la inflamación crónica, estas condiciones incrementan el riesgo de aterosclerosis, una enfermedad caracterizada por el estrechamiento y endurecimiento de las arterias que puede derivar en infartos cardíacos o accidentes cerebrovasculares.
La importancia del microbioma intestinal ha quedado demostrada en diversos estudios experimentales. Por ejemplo, cuando se trasplanta la microbiota de ratones con obesidad a ratones sanos, estos últimos también la desarrollan. De manera comparable, la transferencia de microbiota procedente de personas con hipertensión ha mostrado efectos sobre la presión arterial en ratones sanos.
Otro aspecto relevante es su relación con la insulina, una hormona producida por el páncreas que permite a las células utilizar la glucosa presente en la sangre. La disbiosis puede favorecer la resistencia a la insulina,una condición en la que las células responden de manera menos eficiente a esta hormona. Como consecuencia, los niveles de glucosa aumentan y se acelera el desarrollo de diabetes y de sus complicaciones asociadas.
Ante este panorama, mantener un microbioma intestinal equilibrado puede convertirse en una estrategia complementaria para prevenir o mitigar el síndrome metabólico. Una de las formas más efectivas de lograrlo esfavorecer el crecimiento de microorganismos «buenos» mediante el consumo de alimentos que les sirven de sustento. Estos compuestos reciben el nombre de prebióticos.
Prebióticos
Aunque algunos prebióticos se comercializan como suplementos alimenticios, las fuentes más importantes se encuentran en alimentos de consumo cotidiano. Entre los patrones de alimentación que han demostrado mayores beneficios para la diversidad y estabilidad del microbioma intestinal destaca la dieta mediterránea.
Este modelo alimentario se caracteriza por un alto consumo de verduras, frutas, legumbres, cereales integrales, frutos secos y aceite de oliva, así como por una ingesta moderada de productos de origen animal y una baja presencia de alimentos ultraprocesados. Muchos de estos alimentos son ricos en fibra dietética, un componente que el organismo humano no puede procesar completamente, pero que constituye una valiosa fuente de energía para numerosas bacterias intestinales. En el contexto de la alimentación mexicana,algunos alimentos tradicionales destacan por su potencial prebiótico: el nopal y los frijoles.
Un microbioma intestinal equilibrado se asocia con múltiples beneficios para la salud, entre ellos un mejor aprovechamiento de la energía, una menor probabilidad de desarrollar obesidad y un menor riesgo de padecer hipertensión arterial, diabetes o cáncer. Además, contribuye al adecuado funcionamiento del sistema inmunitario y participa en procesos relacionados con el bienestar emocional y la salud mental. Todo ello puede traducirse en una mejor calidad de vida y en un envejecimiento más saludable.
Por esta razón, es importante promover hábitos alimentarios que favorezcan una microbiota diversa y equilibrada.
El estudio del microbioma intestinal constituye una de las áreas más dinámicas y prometedoras de la investigación médica actual. Cada año surgen nuevos hallazgos que amplían nuestra comprensión y que abren la puerta al desarrollo de estrategias innovadoras para la prevención y el tratamiento de diversas enfermedades.
Aún quedan numerosas preguntas que la ciencia debe responder con respecto a este fascinante tema, así como muchos mecanismos por comprender.
Raúl Acuña-Correa. Médico de la Unidad Académica de Medicina Humana y Ciencias de la Salud, Universidad Autónoma de Zacatecas. Zacatecas, México. raultikiro@gmail.com
Carmen Judith Serrano-Escobedo. Investigadora de la Unidad de Investigación Biomédica Zacatecas, Instituto Mexicano del Seguro Social. México. carmenyuyu2000@yahoo.com.mx
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