Storytelling, o por qué los datos ya no bastan

UNA PROBADA DE CIENCIA

 Storytelling, o por qué los datos ya no bastan

Horacio Cano Camacho

 

Tenemos, sobre todo en el campo de la ciencia, una confianza inmensa en el individuo racional, aunque siempre queda abierta la pregunta de si esa confianza está realmente fundamentada. El resurgimiento de ideas que creíamos derrotadas por la evidencia —la Tierra plana, la negación del cambio climático, las posturas antivacunas, entre otros movimientos— cuestiona con fuerza esa certeza.

Existe una idea muy extendida: la sociedad puede cambiar de opinión por la fuerza de los hechos. Suponemos que proporcionar más y mejor información mejora el juicio de las personas y su toma de decisiones; creemos que una educación científica más sólida disipa las concepciones erróneas y que presentar datos, informes técnicos y opiniones de expertos puede modificar la actitud pública frente a temas complejos, como el calentamiento global, la biotecnología o las vacunas. Sin embargo, cada vez resulta más evidente que bombardear a la gente con hechos, o exhibir su ignorancia, no siempre convence. A veces produce el efecto contrario.

Hasta aquí hablamos de hechos científicos y de problemas del mundo natural. Pero si nos trasladamos al terreno de la sociedad, las cosas se complican todavía más. El crecimiento cada vez más visible de posturas políticas extremistas, abiertamente discriminatorias y hasta fascistas, así como el arribo al poder de movimientos de ultraderecha con agendas radicales, muestra que algo profundo se está moviendo en la manera en que esas posiciones se presentan ante la población.

Ya no se trata solo de razonar, argumentar o someter las ideas al peso de los datos. Se trata de instalarse en un ámbito mucho más resbaladizo: el de las emociones. Desde ahí se puede convencer a una parte de la sociedad de que la inseguridad se resuelve construyendo megacárceles, que la economía mejora desmantelando la seguridad social o las pensiones, o que la educación se fortalece quitándole presupuesto. El problema se vuelve todavía más grave cuando advertimos que quienes proponen esas salidas son, muchas veces, los mismos sectores que contribuyeron a producir las crisis que ahora prometen combatir.

Es en ese terreno —donde los hechos retroceden, las emociones avanzan y la política se convierte en una disputa por imponer relatos— donde la obra de Christian Salmon se vuelve especialmente necesaria.

El libro, o mejor dicho, la serie de libros que ahora recomendamos, analiza por qué los datos ya no son suficientes. Christian Salmon no viene solo del campo literario; su perfil combina literatura, teoría del relato, análisis político y crítica de la comunicación. Es doctor en Historia de las Ideologías y cuenta con estudios en el Institut d’Études Politiques y en una escuela superior de comercio y administración de empresas.

En Storytelling. La máquina de fabricar historias y formatear las mentes (Ediciones Península, 2019), Salmon muestra cómo el relato dejó de ser solo una herramienta cultural para convertirse en una tecnología de persuasión: marcas, empresas, gobiernos y campañas políticas aprendieron a fabricar historias capaces de ordenar emociones, sustituir argumentos y volver vendible casi cualquier proyecto.

En La ceremonia caníbal (Ediciones Península, 2013), Salmon da un paso más: la política ya no solo cuenta historias, también se vuelve espectáculo. El dirigente contemporáneo aparece como un cuerpo expuesto, obligado a representar cercanía, fuerza, dolor, indignación o autenticidad ante una maquinaria mediática que primero lo fabrica como imagen y luego lo devora.

Finalmente, en La era del enfrentamiento (Ediciones Península, 2019), el diagnóstico se vuelve todavía más oscuro: incluso el relato coherente parece agotarse. La política contemporánea ya no busca necesariamente convencer, sino interrumpir, provocar, enfrentar, producir ruido. Del arte de narrar pasamos al gobierno del choque; de la promesa de sentido, a la administración del miedo, la ira y el agravio.

Creo que todos podemos reconocer las señales que describe Salmon. En cada campaña política de nuestro tiempo vemos cómo se pasa de los argumentos a las mentiras —incluso cuando ya no importa demasiado que todos sepan que son mentiras—, del debate al insulto, de la confrontación democrática a la amenaza. Los contrincantes políticos se convierten en un peligro; se les presenta como aliados de los villanos reales o imaginarios del momento, y se reviven fantasmas del pasado para asustar a la población. Así se vende un relato. Un relato en el que los electores podemos terminar votando por nuestros verdugos, convencidos de que ahora sí, por alguna razón casi mágica, serán buenos y nos salvarán del desastre.

Romper la preponderancia del pensamiento grupal es muy complejo, incluso cuando algunas de sus ideas nos parezcan absurdas: la Tierra plana, el diluvio universal, las visitas extraterrestres, las megacárceles como solución milagrosa o los inmigrantes convertidos en enemigos absolutos. Desde una perspectiva evolutiva, confiar en el saber de otros, en el saber del grupo, representó una ventaja para el ser humano. Pero en la actualidad ese mecanismo se ha vuelto problemático ante la enorme complejidad del mundo. La gente se encierra en comunidades de ideas parecidas, en grupos que se confirman a sí mismos, donde las creencias se refuerzan y rara vez se cuestionan.

Y allí emerge la figura del líder carismático: aquel que, a fuerza de relatos, promete sacarnos mágicamente de la crisis. No necesita demostrar demasiado. Le basta con construir una historia clara, emocional, reconocible; una historia donde hay culpables, enemigos, traidores y una promesa de salvación.

Esta serie de libros, que recomiendo leer completa, nos permite seguir la evolución del relato y la forma en que fue apropiándose de los escenarios de la política contemporánea: primero como fábrica de historias, luego como espectáculo y, finalmente, como confrontación permanente.

Sin duda vivimos tiempos aciagos, y estas lecturas pueden ayudarnos a mirar con más claridad una época en la que los hechos ya no bastan si llegan desarmados frente a relatos diseñados para encender el miedo, la ira y el deseo de castigo.

Porque cuando la democracia abandona el relato, no triunfan los hechos: triunfan los relatos más feroces.

Horacio Cano Camacho, Profesor Investigador del Centro Multidisciplinario de Estudios en Biotecnología de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. horacio.cano@umich.mx