Número 88
UNA PROBADA DE CIENCIA
El cyberpunk no murió: mundo_dron
Horacio Cano Camacho


El cyberpunk murió. Al menos eso dicen los críticos y quienes se dedican a clasificar las tendencias literarias, que para eso también hay especialistas. Murió después de influir profundamente en la ciencia ficción y, de paso, en el cine, la moda y ciertas tribus urbanas. Luego fue sustituido por otras corrientes y pasó a ocupar su sitio correspondiente en los manuales.
El problema es que nadie parece habérselo informado al mundo. Por eso llevo un tiempo volviendo la mirada hacia algunas obras fundamentales del género y hacia libros que llevan su reflexión más allá de la literatura. Uno de ellos es Mundo dron. Breve historia ciberpunk de las máquinas asesinas (Debate, 2021), de Naief Yehya.
Durante décadas vimos la ciencia ficción con una mezcla de fascinación y alivio. Allí estaban las computadoras todopoderosas, los cíborgs, las ciudades sometidas a vigilancia, las corporaciones omnipresentes y las máquinas capaces de perseguirnos y matarnos. Terminaba la película, se encendían las luces y uno podía regresar tranquilamente a casa.
El inconveniente es que un día salimos del cine y descubrimos que algunas de esas cosas ya estaban afuera.
Ese es el territorio que explora Yehya en Mundo dron. No es solamente un libro sobre drones ni una historia convencional de la tecnología militar. Cruza ciencia ficción, cine, política, guerra, sexualidad y cultura popular para plantear una pregunta bastante incómoda: ¿hasta qué punto imaginamos primero ciertas tecnologías para terminar aceptándolas después?
Porque la pregunta interesante no es si la ciencia ficción predijo el futuro, sino si ayudó a hacerlo imaginable. Y quizá hasta deseable.
Yehya reconstruye una vieja historia: nuestro miedo a las criaturas que fabricamos. Frankenstein crea un ser y después se horroriza de él. La ciencia ficción hizo luego lo propio con computadoras rebeldes, replicantes, androides, cíborgs y robots asesinos. De Blade Runner a Terminator, de Ghost in the Shell a Black Mirror, llevamos décadas practicando mentalmente el futuro.
Las ficciones nos enseñaron a imaginar máquinas que observan, identifican, persiguen y eliminan personas. Lo que primero parecía una pesadilla terminó volviéndose familiar.
Y ese es uno de los aspectos más interesantes de Mundo dron: obliga a mirar la cultura popular con un poco menos de inocencia.
Desde luego, Terminator no inventó el dron militar ni Skynet diseñó los actuales sistemas de inteligencia artificial. No exageremos. Pero las historias construyen imaginarios, y los imaginarios nos ayudan a aceptar como normales cosas que poco antes habrían parecido monstruosas.
El dron representa, en ese sentido, algo más profundo que una nueva arma.
La historia militar podría contarse también como la búsqueda permanente de una distancia cada vez mayor entre quien mata y quien muere. Primero la piedra, luego la flecha, el fusil, el cañón, el bombardero, el misil. Hasta que llegamos al dron.
Quien lo controla puede encontrarse a miles de kilómetros de la persona que morirá bajo su proyectil. Entonces, la guerra empieza a parecerse sospechosamente a muchas de nuestras actividades cotidianas: ocurre frente a una pantalla:
El operador observa.
Selecciona.
Amplía la imagen.
Sigue un objetivo.
Dispara.
Para uno de los participantes, la guerra está en una pantalla. Para el otro, desgraciadamente, sigue siendo bastante real.
Yehya relaciona esto con la transformación de la guerra en espectáculo. Durante la Guerra del Golfo comenzamos a acostumbrarnos a aquellas imágenes fascinantes de misiles entrando por ventanas, bombas siguiendo objetivos y explosiones vistas desde cámaras instaladas en las propias armas. Una maravilla tecnológica, pero solo faltaba un pequeño detalle: las personas.
La cámara nos mostraba el proyectil, la trayectoria y la explosión, pero quienes estaban debajo quedaban convenientemente fuera del encuadre.
Una guerra limpia.
Quirúrgica.
Casi elegante.
Salvo para los muertos.
Pero el dron hace algo todavía más inquietante: convierte el ojo en arma.
Vivimos rodeados de cámaras, satélites, teléfonos, sistemas de reconocimiento, mapas digitales y redes que registran buena parte de lo que hacemos. Hemos creado una gigantesca infraestructura destinada a observar. El dron añade un detalle que probablemente habría encantado a cualquier autor cyberpunk: ese ojo ahora puede volar.
Puede seguirnos.
Puede reconocernos.
Y puede disparar.
Aquí el libro de Yehya deja de hablar solamente de máquinas voladoras y comienza a hablar de nosotros. Vivimos cada vez más a través de pantallas. Trabajamos en ellas, discutimos en ellas, nos enamoramos en ellas, nos indignamos en ellas y, cuando tenemos un momento libre, abrimos otra pantalla para descansar de la anterior.
Quizá el cyberpunk no murió. Tal vez simplemente salió de las librerías.
Porque buena parte de aquello que definía sus distopías —vigilancia permanente, corporaciones tecnológicas gigantescas, inteligencia artificial, cuerpos intervenidos, identidades digitales y una realidad mediada por pantallas— ya forma parte del paisaje cotidiano.
Y todavía falta el problema mayor. Mientras exista una persona que observe la pantalla y autorice el disparo, podemos seguir una cadena de responsabilidad. Alguien decidió matar. Pero, ¿qué ocurre cuando comenzamos a retirar personas de esa cadena?
Cuando Yehya publicó Mundo dron en 2021, advertía sobre sistemas capaces de identificar, seleccionar y perseguir objetivos mediante algoritmos. Cinco años después, esa posibilidad resulta mucho menos futurista.
La inteligencia artificial ya participa en tareas militares de reconocimiento, análisis y selección de objetivos, mientras los sistemas autónomos avanzan rápidamente.
Y entonces reaparece una vieja pregunta de la ciencia ficción, solo que ahora convendría dejar las palomitas a un lado: ¿Hasta dónde estamos dispuestos a delegar en una máquina la decisión de matar?
Podemos fabricar un sistema que reconozca rostros mejor que nosotros, analice miles de imágenes por segundo y calcule una trayectoria con precisión extraordinaria. Perfecto. Pero ninguna de esas habilidades responde la pregunta verdaderamente importante: ¿Debe decidir quién muere?
Mundo dron tiene la virtud de no caer fácilmente ni en la adoración tecnológica ni en el apocalipsis fácil. Yehya pasa de Frankenstein al porno, de Blade Runner a la Guerra del Golfo y de los cíborgs a los drones porque su argumento es precisamente que las tecnologías no nacen aisladas: aparecen dentro de culturas llenas de deseos, fantasías, miedos y relaciones de poder.
Construimos las máquinas. Y después, las máquinas ayudan a reconstruirnos.
Durante décadas, una parte de la ciencia ficción nos mostró lo que podía ocurrir si entregábamos demasiado poder a nuestras criaturas.
Vimos a HAL.
Vimos a los replicantes.
Vimos a RoboCop.
Vimos a Terminator.
Vimos a Skynet.
Comprendimos perfectamente la advertencia. Y después, nos pusimos a construirlos.
Tal vez por eso Mundo dron resulta hoy incluso más inquietante que cuando apareció. Las mejores distopías no son aquellas que adivinan exactamente el futuro, sino las que nos permiten reconocerlo cuando empieza a llegar. El problema es que, cuando finalmente lo reconocemos, quizá ya estemos viviendo dentro de él.
Durante mucho tiempo salimos tranquilamente del cine porque, al encenderse las luces, las máquinas asesinas se quedaban encerradas en la pantalla. Pero ya no estoy tan seguro.
¿Seguimos esperando que se enciendan las luces para despertar de la pesadilla, o será precisamente el cine nuestro lugar de escape de una realidad mucho más terrible?

Horacio Cano Camacho, Profesor Investigador del Centro Multidisciplinario de Estudios en Biotecnología de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. horacio.cano@umich.mx











