LA CIENCIA EN EL CINE
Número 88
La Odisea de Nolan
Horacio Cano Camacho



Antes de que se estrenara La Odisea, de Christopher Nolan, yo ya estaba bastante enojado. No con la película, desde luego. No la había visto. Precisamente, ese era el problema: tampoco la habían visto quienes llevaban semanas condenándola.
Nolan había decidido emprender una tarea que ya habla, de entrada, de cierta valentía. No cualquiera se levanta una mañana, se sirve un café y decide adaptar uno de los textos fundamentales de la cultura occidental. Porque La Odisea, junto con La Ilíada, constituye una de las grandes matrices narrativas de Occidente. Una nos enseñó a contar la guerra, la cólera, la gloria y la muerte; la otra, el viaje, la tentación, la pérdida y el regreso a casa.
Entre ambas cabe una parte considerable de lo que seguimos leyendo, viendo y contando. Pero La Odisea de Nolan no es La Odisea de Homero. Ni debe serlo.
Para conocer el poema, hay que leerlo. Una adaptación cinematográfica no es una fotocopia del libro con música de fondo, barcos y actores vestidos con túnicas. Es la interpretación de un director y de quienes trabajan con él. Puede parecernos extraordinaria, fallida, pretenciosa, emocionante o todo eso al mismo tiempo.
Para averiguarlo existe un procedimiento bastante recomendable: verla. Pero las redes sociales tienen sus propios métodos. Antes del estreno ya circulaban críticas, náuseas, lamentos por la decadencia de Occidente y solemnes declaraciones de personas que anunciaban que no irían al cine, recomendaban que nadie más fuera y, supongo, solo les faltaba pedir que evitáramos cualquier masa de agua que pudiera recordarnos vagamente al Mediterráneo.
Y lo extraordinario fue descubrir que quienes ayer eran especialistas en pandemias, vacunas, aeropuertos, volcanes, tratados comerciales, inteligencia artificial y alineaciones de la selección nacional habían amanecido convertidos en consumados expertos en literatura griega arcaica. Y uno se pregunta: ¿Dónde estaban escondidas esas multitudes de homeristas?
Una de las grandes calamidades fue que Lupita Nyong’o interpretara a Helena y Clitemnestra. De pronto, una parte de internet descubrió que una actriz negra podía aparecer en una historia de la mitología griega. Se invocaron incluso los famosos epítetos homéricos —«la de blancos brazos»— como si Homero hubiera dejado una ficha antropométrica de Helena, acompañada de análisis genético y número Pantone.
Pero existe un pequeño inconveniente. Según una de las tradiciones mitológicas, Zeus se une a Leda convertido en cisne y Helena nace de un huevo. De modo que, antes de discutir acaloradamente cuál es el color de piel biológicamente correcto para interpretar a Helena, quizá convendría resolver un asunto más urgente: ¿qué color de piel debe tener una persona nacida de un huevo después de que su padre se transformó en cisne? Y, si vamos a exigir fidelidad absoluta, espero que Nolan haya contratado a una actriz ovípara.
Otra tormenta se desató porque circuló que Elliot Page interpretaría a Aquiles. Hubo insultos, memes y largos lamentos sobre la destrucción de la cultura occidental. Solo había un pequeño problema: Page no interpreta a Aquiles, sino a Sinón, el griego que participa en el engaño del caballo de Troya.
El odio llegó primero; la información, bastante después, caminando con calma y preguntándose para qué molestarse.
Y aun si Page hubiera interpretado a Aquiles, habría que recordar un detalle aparentemente olvidado: los actores actúan. Matt Damon no necesita ser realmente rey de Ítaca, Zendaya no tiene que acreditar su condición de diosa y espero que nadie haya exigido al actor que interpreta a Polifemo una constancia médica certificando que solo posee un ojo.
Todo puede criticarse, pero después de ver la obra.
Eso escribí antes del estreno: primero la obra; después, la hoguera. Bueno, ya vi la obra.
Estuve cazando la preventa y el 16 de julio nos fuimos en familia a verla, en vísperas de su estreno comercial. La película llegó oficialmente a los cines el 17 de julio de 2026.
Además de que suele gustarme mucho el cine de Nolan, tenía otro motivo. La lectura de La Ilíada y La Odisea durante mi adolescencia me dejó una impresión profunda y quería decidir si podía recomendar la película a quienes participan en mi taller de redacción para la divulgación. No fuera a ocurrirme lo mismo que estaba criticando: juzgar sin haber visto.
Y mi impresión fue muy grata. Me gustó. Y la recomiendo.
La producción es espectacular: la fotografía, la música, los escenarios, el ritmo y, desde luego, la monumentalidad de las imágenes. Los actores y actrices, tan atacados antes del estreno, no están allí para lucirse ni imponerse sobre la narración. Y lo digo como un elogio. Están al servicio de la historia. La película tiene sus detallitos, que no pienso contar, pero son menores frente a la potencia general de la narración.
Y, sobre todo, encontré algo que para mí resulta mucho más importante que comprobar si un casco, un barco o una espada corresponden exactamente con algún hallazgo arqueológico: respeta el espíritu de la obra al mismo tiempo que se atreve a interpretarla. Y aquí es donde la película me interesó de verdad.
Desde adolescente hubo una pregunta que me acompañó durante mis lecturas del ciclo troyano: ¿Es verdaderamente heroico el comportamiento de los aqueos? Porque hemos aprendido a llamarlos héroes. Sus batallas, sacrificios y años alejados de sus hogares pertenecen a una sociedad en la que el honor y la gloria estaban estrechamente vinculados con la guerra. Pero algunas cosas nunca terminaron de convencerme.
Agamenón, por ejemplo, siempre me ha caído bastante mal. Nunca pude verlo simplemente como un hombre preocupado por restaurar el honor de su hermano Menelao. Siempre me pareció también un oportunista que encontró en el rapto —o fuga, según la tradición que prefiramos— de Helena con Paris un magnífico pretexto para destruir una ciudad rica, poderosa y estratégicamente situada.
Vamos: si la mujer que amo me abandona por otro, podré llorar, enfurecerme, intentar comprenderlo o necesitar terapia durante unos años. Pero organizar una guerra que dure una década ya me parece excesivo.
Troya resiste diez años. Miles mueren. Los dioses entran y salen del campo de batalla, protegen a unos, engañan a otros y utilizan a los seres humanos como piezas de un juego que apenas comprenden. Y cuando los aqueos no consiguen vencer mediante la fuerza, recurren al engaño.
Fingen retirarse.
Dejan un caballo.
Los troyanos creen que la guerra terminó.
Después de diez años, pueden volver a respirar. Celebran. Abren las puertas. Introducen el supuesto regalo dentro de la ciudad.
Y entonces, ¡zas!
Los guerreros salen del caballo, abren las puertas y permiten que el ejército regrese para destruir Troya.
El autor intelectual de la estratagema es Odiseo.
Y nosotros lo llamamos héroe.
Siempre me ha resultado moralmente inquietante.
Imaginen que el procedimiento fuera el de un poema épico: anuncio mi retirada, convenzo a mi enemigo de que la guerra terminó, dejo un regalo como símbolo de paz y aprovecho su confianza para atacarlo desde dentro. No parece precisamente el ejemplo más acabado de conducta honorable. Pero Odiseo es un héroe. Así nos lo han contado durante casi tres mil años.
Y entonces aparecen las preguntas que, para mí, hacen especialmente interesante la película de Nolan: ¿Qué ocurre cuando termina la guerra y el héroe tiene que regresar a casa? ¿Y si ese regreso no fuera solamente un desfile de monstruos, tempestades, hechiceras y dioses irritados? ¿Y si fuera también un tribunal? ¿Y si el viaje de Odiseo fuera una marcha hacia el interior de sí mismo?
Tal vez las islas, los monstruos, las tentaciones, los compañeros muertos y las pérdidas van arrancándole poco a poco las canciones que se han compuesto sobre él hasta dejarlo frente a algo mucho más incómodo: el hombre que existe detrás del héroe.
Esa es la lectura que encontré en la película y la que más me interesa.
El viaje obliga a Odiseo a contemplarse desde fuera. A preguntarse quién es cuando desaparecen los poemas, la gloria, los discursos y las justificaciones. Y no siempre le gusta lo que ve.
Ahí creo que Nolan consigue algo notable: desmonta la estatua del héroe sin destruir el mito.
Su Odiseo sigue siendo extraordinario. Es inteligente, resistente, astuto, valiente. Pero también carga con sus decisiones, sus engaños, sus muertos y sus contradicciones. Ya no regresa solamente un héroe. Regresa un hombre.
Y por eso recomiendo ver La Odisea. Desde luego, por su dimensión cinematográfica, por las imágenes, la música, las batallas, los barcos, los monstruos y todo aquello que justifica sentarse frente a una pantalla enorme.
Pero sería una pena quedarnos únicamente con eso. Porque detrás del espectáculo aparecen preguntas mucho más incómodas: ¿Quién decide qué guerra es justa? ¿Cuándo una estrategia deja de ser heroica y se convierte en traición? ¿Puede llamarse victoria a la destrucción completa del enemigo? ¿Basta con obedecer a los dioses, a los reyes o a la patria para quedar libres de responsabilidad? ¿Quién escribe, finalmente, la canción que convierte al vencedor en héroe?
Y entonces, La Odisea deja de hablar solamente de un mundo desaparecido, de Troya o de un guerrero que intenta regresar a Ítaca. Comienza a hablar de nosotros. De una época que todavía convierte la violencia en espectáculo, que celebra a sus vencedores antes de preguntar por sus víctimas y que continúa construyendo héroes mientras las ciudades arden. Así que vayamos a verla.
Pero no para descubrir si una espada tiene la longitud correcta, si Helena posee el tono adecuado de piel o si Nolan colocó cada coma donde la dejó Homero. Vayamos a verla con otros ojos. No solo para preguntarnos si Christopher Nolan fue fiel a La Odisea, sino para preguntarnos algo bastante más incómodo: si nosotros seguimos siendo fieles a las mismas viejas ideas sobre la guerra, la gloria y el poder.
Porque quizá la pregunta verdaderamente importante no sea qué clase de hombre regresó de Troya, sino qué clase de humanidad está regresando de las guerras de nuestro presente.

Horacio Cano Camacho, Profesor Investigador del Centro Multidisciplinario de Estudios en Biotecnología de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. horacio.cano@umich.mx











